ESTA SEMANA ... Durante el verano

Domingo

11.30

Misa Parroquial

Miércoles

21.00

Celebraciones Comunidades Neocatecumenales


Comentarios litúrgicos, por Jesús Ortiz, en "Palabra"


8 de septiembre

EL PERDÓN DE DIOS

Domingo XXIII del T.O. (A). Lecturas: Ez 33,7-9/Rm 13,8-10/Mt 18,15-20

1. La penitencia interior. Como discurso eclesiástico se conoce este capítulo XVIII del Evangelio de San Mateo, pues reúne una serie de indicaciones sobre la vida de la Iglesia. Hoy vamos a considerar el sacramento de la Reconciliación.

«Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo» (Evang.). El Cristo perdonador del Evangelio se hace presente y sensible en el sacramento de la Penitencia para curar el corazón -por la gracia y la penitencia del pecador- y abrazarlo mediante el perdón del ministro. Se requiere la penitencia interior: es una conversión a Dios con todo nuestro corazón, aunque conocemos nuestra debilidad; es una ruptura con el pecado, aunque tenemos experiencia de nuestras recaídas; es un rechazo sincero de las malas acciones cometidas, con propósito de evitarlas.

La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas, especialmente el ayuno, la oración y la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, a Dios y a los demás. «La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho, por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz de cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia» (Catecismo, 1.435).

2. Cómo confesarse. La penitencia interior desemboca en el sacramento de la Penitencia, que también se llama de la Reconciliación, o Confesión sacramental. «Si [...] tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre» (1 ° Lect.). En la Iglesia de Cristo todos somos responsables de la santidad, y ningún pecado, 'por oculto que parezca, deja de afectar a los demás, mientras que la santidad y el buen ejemplo eleva a todos los fieles. La situación de quien no siente el pecado es semejante a la del enfermo que ignora el cáncer que tiene dentro de sí. El drama de los hombres y mujeres de hoy, compartido por no pocos cristianos, reside en no ser conscientes de sus pecados. «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro corazón "» (Salmo).

¿Cómo confesarse? «La Confesión individual e íntegra de los pecados graves seguida de la absolución es el único medio ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia» (Catecismo, 1.497). Antes de acudir al ministro de Cristo hacemos examen de conciencia o revisión de vida, más o menos amplio según el tiempo transcurrido desde la última vez (en todo caso, el confesor siempre nos ayudará a hacerlo). Después tenemos dolor de los pecados, especialmente si algunos son mortales, que separan de Dios; y hacemos propósito de enmienda, confiando en la gracia de Dios y en la ayuda de la Iglesia. Después acudimos al confesor para acusarnos individualmente de todos los pecados conocidos en el examen, diciendo primero los que más cuesten. Finalmente recibimos la absolución: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». El "Amén" que el penitente responde significa la aceptación de la penitencia impuesta, así como la confianza en la gracia de Dios en la intercesión de la Virgen María.

1 de septiembre

TODOS, LLAMADOS A LA SANTIDAD

Domingo XXII del T.O. (A) Lecturas: Jr20,7-9/Rm 12,1-2/Mt 16,21-27

1. Somos débiles. El pasado domingo Jesús hacía una "encuesta" entre los discípulos -"¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? (Mt 16,13)- y Pedro profesó la fe en Jesucristo, movido por la revelación del Padre: "Tú eres el Hijo del Dios vivo". En el de hoy, Pedro habla según sus puntos de vista humanos y se equivoca, a pesar de tener un corazón bueno, porque intenta apartar a Cristo del camino de la Cruz: "Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios" (Evang.). Antes, Jesús le otorgaba las mayores prerrogativas en la Iglesia, pero aquí le corrige con dureza; allí dominaban la fe y los dones de Dios para bien de su Iglesia; pero aquí se impone la reacción simplemente humana y la poca visión sobrenatural. Nos damos cuenta de que somos muy débiles cuando nos separamos un poco de la fortaleza de Dios. No confiemos, pues, en nuestras fuerzas, ni pretendamos construir un mundo justo sin Dios, una ética civil al margen de las leyes de Dios, o una sociedad fuerte sin respetar el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia. Eso estaría condenado al fracaso, y ya hay síntomas de ello.

2. Tomarse en serio la santidad. El "centro de gravedad" de Jesús es el misterio Pascual, la Muerte, Resurrección y Ascensión a los cielos, volviendo a unir la tierra con el Cielo como sólo Dios puede hacerlo; pero Pedro, en un momento de poca fe, no acepta el camino de la Cruz. Entonces el Señor hizo a los discípulos el anuncio de la ley pascual: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga" (Evang.): Es el camino de la abnegación, negarse a sí mismo, para seguir al Señor. Se trata de perder la vida por él para volver a encontrarla (Cfr. 1 ° lect.).

"Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana, y a la perfección de la caridad" (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, 40). La santidad es Cristo, la santidad son los hombres y mujeres que se han dado del todo, para ser instrumentos de Dios. Los santos -muchos, canonizados en estos años por Juan Pablo II para ejemplo nuestro- son las manos de Dios para hacer obras de servicio y promoción humana, como San Juan de Dios; son los pies de Dios para recorrer la tierra anunciando el Evangelio como hace Juan Pablo II; son los ojos de Dios para llevar en la mirada el amor que pone bálsamos en las heridas infectadas por la maldad humana, como hacen las religiosas de la Madre Teresa de Calcuta; son la boca de Dios para proclamar sin descanso la llamada universal a la santidad y al apostolado en medio del mundo, como el Beato Josemaría: "Hace falta la entrega con obras y con verdad, no sólo con la boca (Cfr. 1 Jn 3,181). El amor a Dios nos invita a llevar a pulso la cruz (...1 en las circunstancias propias del estado y del trabajo de cada uno, los designios, claros y amorosos a la vez, de la voluntad del Padre" (Beato J. Escrivá, "Es Cristo que pasa", 97).

Como hijos de Santa María, entendemos mejor nuestra debilidad humana en cuanto nos apartamos de Dios, pero también la capacidad de plasmar el amor de Dios en nuestro servicio diario a los demás en la familia, en el trabajo, y en la sociedad de la que nos sentimos plenamente responsables para darle la vuelta hacia Dios.

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