AMOR CON OBRAS

Francisco Fernández Carvajal, Hablar con Dios (Texto sin notas)

 

 

‑  El Señor nos amó primero. Amor con amor se pa­ga. Santidad en los quehaceres de cada día.

‑  Amor efectivo. La voluntad de Dios.

‑  Amor y sentimiento. Abandono en Dios. Cumplimiento de nuestros deberes.

 

 

I. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga la vida eterna.

Con estas palabras del Evangelio de la Misa se nos muestra cómo la Pasión y Muerte de Jesucris­to es la manifestación suprema del amor de Dios por los hombres. Él tomó la iniciativa en el amor entregándonos a quien más quiere, al que es obje­to de sus complacencias: su propio Hijo. Nues­tra fe «es una revelación de la bondad, de la mise­ricordia, del amor de Dios por nosotros. Dios es amor (Cfr. 1 Jn 4, 16), es decir, amor que se di­funde y se prodiga; y todo se resume en esta gran verdad que todo lo explica y todo lo ilumina. Es necesario ver la historia de Jesús bajo esta luz. Él me ha amado, escribe San Pablo, y cada uno de nosotros puede y debe repetírselo a sí mismo:. Él me ha amado y sacrificado por mí (Gal 2, 20)».

El amor de Dios por nosotros culmina en el Sacrificio del Calvario. Dios detuvo el brazo de Abra­ham cuando estaba a punto de sacrificar a su hijo único, pero no detuvo el brazo de quienes clava­ron a su Hijo Unigénito en la Cruz. Por eso excla­ma San Pablo, lleno de esperanza: El que no per­donó a su propio Hijo (...), ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas?.

La entrega de Cristo constituye una llamada apremiante para corresponder a ese amor: amor con amor se paga. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y Dios es Amor. Por eso el corazón del hombre está hecho para amar, y cuanto más ama, más se identifica con Dios; sólo cuando ama puede ser feliz. Y Dios nos quiere fe­lices, también aquí en la tierra. El hombre no pue­de vivir sin amor.

La santificación personal no está centrada en la lucha contra el pecado sino en el amor a Cristo, que se nos muestra profundamente humano, cono­cedor de todo lo nuestro. El amor de Dios a los hombres y de los hombres a Dios es un amor de mutua amistad. Y una de las características propias de la amistad es el trato. Para amar al Señor es ne­cesario conocerlo, hablarle... Le conocemos medi­tando su vida en los Santos Evangelios. En ellos se nos muestra entrañablemente humano y muy cer­cano a la vida nuestra. Le tratamos en la oración y en los sacramentos, especialmente en la Sagrada Eucaristía.

La consideración de la Santísima Humanidad del Señor ‑especialmente cuando leemos el Evan­gelio y cuando consideramos los misterios del Rosario‑ alimenta continuamente nuestro amor a Dios y es enseñanza viva de cómo hemos de santi­ficar nuestros días. En su vida oculta, Jesucristo quiso descender a lo más común de la existencia hu­mana, a la vida cotidiana de un trabajador manual que sustenta a una familia. Y así le vemos durante casi toda su vida trabajando día a día, cuidando los instrumentos del pequeño taller, atendiendo con sencillez y cordialidad a los vecinos que llegaban para encargarle una mesa o una viga para la nueva casa, cuidando con gran cariño de su Madre... Así cumplió la Voluntad de su Padre Dios en esos años de su existencia. Mirando su vida, aprendemos a santificar la nuestra: el trabajo, la familia, la amis­tad... Todo lo verdaderamente humano puede ser santo, puede ser cauce de nuestro amor a Dios, por­que el Señor, al asumirlo, lo santificó.

 

II.  Saber que Dios nos ama, con amor infinito, es la buena nueva que alegra y da sentido a nuestra vida, 'y es la extraordinaria noticia que Cristo resu­citado nos envía a anunciar a todos los hombres. Nosotros también podemos afirmar que hemos co­nocido y creído el amor que Dios nos tiene. Y an­te este amor nos sentimos incapaces de expresar lo que nuestro corazón tampoco acierta a sentir: «¿Sa­ber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?».

Cuanto el Señor ha hecho y hace por nosotros es un derroche de atenciones y de gracias: su Encarnación, su Pasión y Muerte en la Cruz que he­mos contemplado en estos días pasados, el perdón constante de nuestras faltas, su presencia continua en el sagrario, los auxilios que a diario nos envía... Considerando lo que ha hecho y hace por los hom­bres, nunca nos debe parecer suficiente nuestra co­rrespondencia a tanto amor.

La prueba más grande de esta correspondencia es la fidelidad, la lealtad, la adhesión incondicio­nal a la Voluntad de Dios. En este sentido Jesús nos enseña mostrando sus deseos infinitos de ha­cer la Voluntad del Padre, y nos dice que su ali­mento es hacer el querer del que le envió 9. Yo he guardado los mandamientos de mi Padre ‑dice el Señor‑ y permanezco en su amor.

La Voluntad de Dios se nos muestra principal­mente en el cumplimiento fiel de los Mandamien­tos y de las demás enseñanzas que nos propone la Iglesia. Ahí encontramos lo que Dios quiere para nosotros. Y en su cumplimiento, realizado con hon­radez humana y presencia de Dios, encontramos el amor a Dios, la santidad.

El amor a Dios no consiste en sentimientos sen­sibles, aunque el Señor los puede dar para ayudar­nos a ser más generosos. Consiste esencialmente en la plena identificación de nuestro querer con el de Dios. Por eso debemos preguntarnos con frecuen­cia: ¿hago en este momento lo que debo hacer? ». ¿Ofrezco mi quehacer a Dios al comenzarlo y du­rante su realización? ¿Rectifico la intención cuan­do se intenta introducir la vanidad, «el qué di­rán»...? ¿Procuro trabajar con perfección huma­na? ¿Soy fuente habitual de alegría para quienes viven o trabajan junto a mí? ¿Les acerca a Dios mi presencia diaria en medio de ellos?

«Amor con amor se paga», pero amor efecti­vo, que se manifiesta en realizaciones concretas, en cumplir nuestros deberes para con Dios y para con los demás, aunque esté ausente el sentimiento, y ha­yamos de ir «cuesta arriba». «En lo que está la su­ma perfección claro está que no es en regalos inte­riores ni en grandes arrobamientos (...) ‑escribía Santa Teresa‑, sino en estar nuestra voluntad tan conforme a la Voluntad de Dios, que ninguna co­sa entendamos que quiera, que no la queramos con toda nuestra voluntad».

El amor debe subsistir incluso con una aridez total, si el Señor permitiera esa situación. Es en es­tas ocasiones donde, habitualmente, el trato con el Señor se purifica y se hace más firme.

 

III. En el servicio a Dios, el cristiano debe de­jarse llevar por la fe, superando así los estados de ánimo. «Guiarme por el sentimiento sería dar la di­rección de la casa al criado y hacer abdicar al due­ño. Lo malo no es el sentimiento sino la importan­cia que se le concede (...). Las emociones constitu­yen en ciertas almas toda la piedad, hasta tal pun­to que están persuadidas de haberla perdido cuan­do en ellas desaparece el sentimiento (...). ;Si esas almas supieran comprender que ése es precisamen­te el momento de comenzar a tenerla!...».

El verdadero amor, sensible o no, incluye todos los aspectos de nuestra existencia, en una ver­dadera unidad de vida; lleva a «meter a Dios en todas las cosas, que, sin Él, resultan insípidas. Una persona piadosa, con piedad sin beatería, procura cumplir su deber: la devoción sincera lleva al tra­bajo, al cumplimiento gustoso ‑aunque cueste­ del deber de cada día... hay una íntima unión en­tre esa realidad sobrenatural interior y las manifes­taciones externas del quehacer humano. El traba­jo profesional, las relaciones humanas de amistad y de convivencia, los afanes por lograr ‑codo a codo con nuestros conciudadanos‑ el bien y el pro­greso de la sociedad son frutos naturales, conse­cuencia lógica, de esa savia de Cristo que es la vida de nuestra alma». La falsa piedad carece de con­secuencias en la vida ordinaria del cristiano. No se traduce en un mejoramiento de la conducta, en una ayuda a los demás.

El cumplimiento de la voluntad de Dios en los deberes ‑las más de las veces pequeños‑ de cada jornada es la más segura guía para el cristiano que ha de santificarse en medio de las realidades terre­nas. Estos deberes pueden realizarse de modos muy diferentes: con resignación, como quien no tiene más remedio que hacerlos; aceptándolos, lo que su­pone una adhesión más profunda y meditada; con conformidad, queriendo lo que Dios quiere porque, aunque no se vea en ese momento, el cristiano sa­be que Él es nuestro Padre y quiere lo mejor para sus hijos; o bien con pleno abandono, abrazando siempre la Voluntad del Señor, sin poner límite al­guno. Esto último es lo que nos pide el Señor: amar­le sin condiciones, sin esperar situaciones más fa­vorables, en lo ordinario de cada día y, si Él lo permite, en circunstancias más difíciles y extraordina­rias. «Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas ‑a pesar de ha­ber puesto todo tu empeño y los medios oportunos‑ no salen a tu gusto... Porque habrán "salido" como le conviene a Dios que salgan».

Con palabras de una oración que la Iglesia nos propone para después de la Misa, digámosle al Se­ñor: Volo quidquid vis, volo quia vis, volo quómodo vis, volo quámdiu vis: quiero lo que quieres, quiero porque lo quieres, quiero como lo quieres, quiero hasta que quieras.

La Santísima Virgen, que pronunció y llevó a la práctica aquel hágase en mí según tu palabra ", nos ayudará a cumplir en todo la Voluntad de Dios.