LOS LAICOS Y LA MISIÓN DE LA IGLESIA
Mensaje de Juan Pablo II al cardenal Salvatore de Giorgi, arzobispo de Palermo y presidente de la Conferencia Episcopal Siciliana, con ocasión del IV Congreso de las Iglesias de Sicilia (Acireale, 20 a 24-3-2001)
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2. Tan numerosos encuentros regionales, junto con los de los jóvenes celebrados en 1991, 1998 y el pasado mes de octubre después de la Jornada Mundial de la Juventud, dan testimonio de la vivacidad pastoral y de la voluntad de las Iglesias de Sicilia de caminar juntas. En las visitas pastorales que he podido efectuar a casi todas vuestras diócesis, amados hermanos y hermanas de Sicilia, he tenido la ocasión de manifestar reiteradamente mi atención a los problemas y esperanzas que se viven en vuestra tierra. Aprovecho la presente ocasión para daros las gracias por la fidelidad con que os habéis comprometido a adheriros alas directivas del Magisterio en las muchas iniciativas pastorales que habéis promovido, en ámbito local y regional, durante estos años.
Y fidelidad al Magisterio de la Sede Apostólica también pretende manifestar este IV Congreso, que quiere reflexionar acerca del papel de los laicos en la misión de la Iglesia. La Carta apostólica Tertio millennio adveniente, de 10 de noviembre de 1994, ha acompañado durante los últimos años su preparación. La Carta posjubilar Novo milIlennio ineunte, del 6 de enero del año en curso, orienta su celebración bajo el signo de la invitación de Cristo: «Duc in altum!», «¡Rema mar adentro!».
«Duc in altum!» repito hoy a las diócesis sicilianas, dedicadas a reflexionar acerca de la mejor manera de realizar el mandato misionero de Cristo. «Remad mar adentro», amadísimos hermanos y hermanas, conscientes de que el Dios de la esperanza os pide que seáis los heraldos del Evangelio en nuestro tiempo. Pero para llevar a cabo esta misión hay que partir una vez más desde Cristo y aprovechar la valiosa experiencia eclesial atesorada durante los últimos decenios del pasado siglo, especialmente desde el Concilio Vaticano II. Se trata de una tarea que vuestro Congreso quiere subrayar fehacientemente, poniendo de relieve la vocación de los «laicos por la misión de la Iglesia en Sicilia en el tercer milenio».
Con ocasión del Jubileo del Apostolado Seglar he querido encomendar una vez más de manera simbólica a toda la Iglesia los documentos conciliares, recordando cómo, no obstante el paso del tiempo, dichos textos nada han perdido de su valor y actualidad. Resulta pues más necesario que nunca que se vean acogidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, que procede leer en el marco de la Tradición de la Iglesia, tradición que tales documentos confirman y aplican a las circunstancias presentes. Animo especialmente a los laicos a volver al Concilio, que es «la gran gracia de la que se ha beneficiado la Iglesia durante el siglo xx». Sigan pues la enseñanza del Concilio, con la convicción de que en él «se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza» (Novo millennio ineunte, n. 57). Me alegra saber que los trabajos del Congreso pretenden brindar la ocasión de ahondar particularmente en la Constitución dogmática Lumen gentium y en el Decreto Apostolicam actuositatem, uniendo además a ello una oportuna relectura de la Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici.
3. El Congreso se plantea como objetivo primario una profunda renovación de la vida eclesial y de la acción pastoral en Sicilia. Que os sirva de ayuda lo que yo mismo tuve la ocasión de decir en el Congreso de las Iglesias italianas, celebrado en Palermo en 1995: «Nuestro tiempo [...] no es tiempo de mera conservación de lo existente, sino de misión». Consideración ésta que he retomado en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, puntualizando la condición primaria de dicha renovación: « La perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad» (n. 30), «este alto grado de la vida cristiana» (n. 31).
Una perspectiva, la de la santidad, que la Iglesia de Sicilia -estoy seguro de ello- comparte con especial favor, ya que desde los albores del cristianismo hasta el siglo xx ha generado estupendas figuras de mártires y santos -sacerdotes, religiosos y laicos, hombres y mujeres- que supieron acoger el «don» de la llamada a la vida de gracia para traducirlo en «tarea» en las condiciones ordinarias de lo diario. Seguramente los conmemoraréis para edificación y ejemplo de todos.
Es precisamente en la vocación a la santidad, concebida como perfección de la caridad, donde se revela en plenitud la dignidad de los fieles laicos: «El santo es el testimonio más espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo» (Christifideles laici, n. 164). El fiel laico, discípulo de Cristo, se santifica «en el mundo» y «por el mundo»: se inserta en las cuestiones temporales, en las actividades terrenas, en la vida profesional y social de todos los días, para ordenarlas según Dios, volviéndose así en la historia y en el tiempo fermento para el Reino y para la eternidad.
4. «Ser en la historia fermento para el Reino». Este es el lema del Congreso, que traduce e interpreta «una presencia para servir». Esta es la misión específica de los fieles laicos en un contexto social marcado a veces por un secularismo que tiende a alejar a los creyentes de Cristo y de su Evangelio, perjudicando con ello la misma convivencia humana, que se vuelve cada vez más frágil e inestable.
Vale también para Sicilia el peligro que indiqué en la citada Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici: «La fe cristiana -aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales- tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir. De ahí proviene el afianzarse de interrogantes y de grandes enigmas, que, al quedar sin respuesta, exponen al hombre contemporáneo a inconsolables decepciones, o ala tentación de suprimir la misma vida humana que plantea esos problemas» (n. 34). Por ello «sólo una nueva evangelización puede asegurar el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad» (ibíd.). Y es que también en Sicilia urge «rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales» (ibid).
5. Esta es pues la doble tarea, de gran relieve pastoral, que corresponde hoy a los laicos en la Iglesia. Existirán comunidades cristianas maduras si en ellas se hallan laicos maduros, capaces de incidir eficazmente como fermento evangélico en la sociedad, actuando en ella con impulso misionero nuevo y valiente. «Todos los laicos [...] tienen la sublime tarea de trabajar con empeño para que el designio divino de salvación llegue cada vez más a todos los hombres de todos los tiempos y lugares» (Lumen gentium, n. 33). ¿Cómo dejar de sentir la actualidad y urgencia de esta admonición conciliar? Ojalá el Evangelio imprima una esperanza más firme en la amada tierra siciliana, que ya acogió el Evangelio en el primer siglo del cristianismo y que hoy necesita aún más a Cristo para liberarse de los males que la afligen. Se trata de males que los pastores de las Iglesias locales no dejan de recordar una y otra vez, empezando por el más grave, el de la mafia, que yo mismo en más de una ocasión he sentido el deber de denunciar. Sólo derrotando a estas fuerzas negativas será posible realizar en plenitud las muchas potencialidades positivas y los no pocos valores humanos que caracterizan a las laboriosas gentes de Sicilia.
6. Los fieles laicos no deben pues circunscribir su acción al ámbito de la comunidad cristiana, permaneciendo, por así decirlo, entre las paredes del «templo». Tras hallar luz en la Palabra y fuerza en los sacramentos, deben anunciar y testimoniar a Cristo, único Redentor del hombre, en la sociedad de la que forman parte. Como «sal» y «luz» que son, están llamados a actuar proféticamente en la familia y en la escuela, en el ámbito de la cultura y de la comunicación social, en la economía y en el mundo del trabajo, en la política y en el arte, en campo sanitario y doquiera se hallen la enfermedad y el dolor, en el deporte y en el turismo, junto a los marginados y entre los muchos inmigrantes. Tampoco puede faltar su valiente iniciativa en los lugares en los que se deciden el destino de la vida y de la dignidad de la persona, de la familia y de la misma sociedad.
En realidad, si es verdad que todo miembro de la Iglesia participa de la dimensión secular, los laicos lo son por una «modalidad de actuación» que, según el Concilio, es «propia y peculiar» de ellos. Dicha modalidad queda definida con la expresión «índole secular», como «el lugar en que les es dirigida la llamada de Dios» y por ello como lugar privilegiado de su misión, en la lógica de la Encarnación y «a la luz del acto creador y redentor de Dios» (Christifideles laici, n. 15).
7. En todos los ámbitos de la existencia humana corresponde a los laicos la tarea de llevar el Evangelio y de aportar la contribución original y siempre actual de la doctrina social de la Iglesia. Ha de ser su preocupación constante no ceder a la tentación de reducir las comunidades cristianas a agencias sociales y, al mismo tiempo, rechazar con decisión la no menos peligrosa tentación de practicar una espiritualidad intimista, que mal se conjugaría con las exigencias de la caridad, con la lógica de la Encarnación y, en última instancia, con la misma tensión escatológica del cristianismo. De hecho, si esta última nos hace conscientes de la acción de la Providencia en la historia, no nos exime de manera alguna del deber de operar activamente en el mundo para fomentar la afirmación en él de todo valor auténticamente humano. Sigue siendo totalmente actual, al respecto, la enseñanza del Concilio Vaticano II: «El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber» (Gaudium et spes, n. 34).
8. Ello será posible «si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud» (Christifideles laici, n.34). Para ello se necesita un compromiso decidido de formación permanente e integral en los diferentes aspectos de lo humano, que los ayude a vivir esa unidad que caracteriza su misma condición de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana, ya que «la separación entre la fe que profesan y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada como uno de los errores más graves de nuestro tiempo» (Gaudium et spes, n. 43).
Ello exige que actúen en la más sólida comunión eclesial, alimentada continuamente por esa «espiritualidad de comunión» que debe constituir la base de toda planificación pastoral «si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo» (Novo millennio ineunte, n. 43).
Es la Iglesia en su misterio de comunión el sujeto de la pastoral y de la misión, y todos -clero, religiosos, religiosas y laicos- están llamados a reconocer y respetar esta subjetividad comunitaria. Escribía en la citada Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici que «los fieles laicos, juntamente con los sacerdotes, religiosos y religiosas, constituyen el único Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo» (n. 28), por lo que deben cultivar constantemente el sentido de la diócesis, de la que la parroquia es como una célula, permaneciendo siempre dispuestos ante la invitación de su pastor a aunar fuerzas con las iniciativas diocesanas.
Ello vale de especial manera para las numerosas agregaciones laicas, asociaciones, grupos, comunidades, movimientos, especialmente activos, gracias a Dios, en Sicilia. Dichas agregaciones -no estará de más recordarlo- jamás constituyen un fin en sí mismas. La finalidad que constantemente las anima no puede ser otra sino «la de participar responsablemente en la misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad» (Christifideles laici, n. 29).
9. Una comunión cada vez más sólida en el seno de cada comunidad y entre las diferentes diócesis de Sicilia, amén de servir de ejemplo y acicate para una convivencia humana más serena y concorde, constituye una condición oportuna para promover activamente el camino hacia la plena unidad de todos los creyentes en Cristo. La comunión plena y visible de los cristianos, especialmente mediante el ecumenismo de la santidad, de la oración y de la caridad en la verdad, es tarea de toda comunidad eclesial, en cuyo interior resuena sin cesar el anhelo orante de nuestro único Salvador: «Ut unum sint». No hay que escatimar esfuerzo alguno para acelerar la realización global de la unidad de los creyentes en Cristo. En este sentido, resultará significativo, hacia el final del Congreso, el encuentro de oración con el patriarca ortodoxo ecuménico de Constantinopla Bartolomé I, a quien saludo respetuosamente con el abrazo de paz en Cristo Jesús, nuestro común Maestro y Señor.
Junto con el esfuerzo ecuménico, ¿cómo no recordar además el gran reto planteado por el diálogo interreligioso e intercultural? Se trata de un compromiso que afecta en gran medida a vuestra región, emplazada en el corazón del Mediterráneo y transformada a lo largo de la historia en encrucijada de pueblos, culturas, civilizaciones y religiones diversas. Sin caer en el indiferentismo religioso, procurad, queridos hermanos y hermanas, brindar el testimonio de la esperanza que debe habitar el corazón de cada creyente, con la convicción de que no constituye ofensa para la identidad ajena el anuncio gozoso del Evangelio, mensaje de salvación destinado a todos los pueblos y culturas.
Sé que a este respecto habéis emprendido algunas iniciativas oportunas: proseguid con valentía y prudencia, apoyándoos siempre en una firme adhesión a Cristo y recurriendo constantemente ala oración.
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Vaticano, 19 de marzo de 2001.