Los movimientos eclesiales: un don providencial
Mensaje de Juan Pablo II al cardenal Stafford, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, con motivo del Congreso sobre «Los movimientos eclesiales para la nueva evangelización»
1. Me he enterado con placer de que, por iniciativa del Movimiento de los Focolares, se celebrará en Castelgandolfo, entre los días 26 y 29 de junio, un congreso teológico pastoral sobre el tema: «Los movimientos eclesiales para la nueva evangelización». A usted, que con competencia acompaña y orienta el camino de los «movimientos eclesiales» en la comunión y en la misión de la Iglesia, le encomiendo transmita mi cordial saludo ala señorita Chiara Lubich, a sus colaboradoras y colaboradores, así como a los ponentes del Congreso y a todos los sacerdotes, diáconos permanentes y seminaristas estudiantes de teología que tomarán parte en el mismo.
En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he trazado las líneas del camino que la Iglesia, impulsada por la abundante efusión de gracia acaecida en el reciente gran Jubileo, está llamada a recorrer en los albores del tercer milenio. La Iglesia debe «caminar desde Cristo» con la mirada puesta en él, y, sumergiéndose en su misterio, comprometerse a ser para todos escuela de comunión y de caridad activa. Sostenida por el poder del Espíritu Santo, a pesar de las humanas fragilidades, la Iglesia podrá así dar testimonio del amor de Dios en todos los ambientes donde están en juego la vida del hombre y la construcción de la sociedad.
Esta misión incumbe a toda la comunidad cristiana, y los movimientos eclesiales constituyen un «don providencial» para este camino, como yo mismo quise recordar en el memorable encuentro del 30 de mayo de 1998 en la Plaza de San Pedro. Precisamente por ello subrayé en la citada Carta apostólica «el deber dé promover las diversas realidades de asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más nuevas de los movimientos eclesiales siguen dando ala Iglesia una viveza que es don de Dios, constituyendo una auténtica primavera del Espíritu» (n. 46).
2. En tantos movimientos eclesiales participan también, junto con los fieles laicos, numerosos sacerdotes, atraídos por el ímpetu carismático, pedagógico, comunitario y misionero que acompaña a las nuevas formaciones eclesiales. Se trata de una experiencia que puede resultar harto útil, ya que puede «enriquecer la vida sacerdotal de cada uno y animar el presbiterio con ricos dones espirituales» (n. 31). Resulta bien claro en la doctrina católica que los sacerdotes están en primer lugar llamados a vivir la plenitud de gracia del sacramento, por lo que quedan configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, al servicio de toda la comunidad cristiana, en cordial y filial referencia al obispo y fraternalmente unidos en el presbiterio diocesano. Pertenecen a la Iglesia particular y colaboran con su misión. Pero es también verdad que «los carismas del Espíritu siempre crean afinidades destinadas a ser para cada uno sustento para su tarea objetiva en el seno de la Iglesia» flnsegnamenti di Giovanni Paolo 11, VIII/2, 1985, pág. 660).
Su eficacia positiva se manifiesta cuando los sacerdotes hallan en los movimientos «la luz y el calor» que les ayudan a madurar en una fervorosa vida cristiana y, en especial, en un auténtico sensus Ecclesiae que los impulsa a una fidelidad más firme a los pastores legítimos, haciéndolos atentos a la disciplina eclesiástica para cumplir con impulso misionero las tareas propias de su ministerio. Los movimientos eclesiales resultan además «fuente de ayuda y apoyo en el camino formativo hacia el sacerdocio», especialmente para quienes proceden de determinadas asociaciones o movimientos, sin mengua, eso sí, del respeto debido ala disciplina establecida en la Iglesia para los seminarios.
Por ello, resulta importante evitar que la participación del sacerdote, del diácono y del seminarista en movimientos o asociaciones eclesiales se resuelva en una cerrazón tan presuntuosa como estrecha. Al contrario, ha de abrir su espíritu a la acogida, al respeto y ala valorización de otras modalidades de participación de los fieles en el conjunto de la Iglesia, impulsándolos a ser cada vez más hombres de comunión, «pastores del conjunto» (cf. Pastores dabo vobis, n. 62).
3. Con estas premisas, la inserción en los movimientos eclesiales se traducirá para los sacerdotes en posibilidad de enriquecimiento espiritual y pastoral. Y es que participando en ellos los presbíteros pueden aprender mejor a vivir la Iglesia en la coesencialidad de los dones sacramentales, jerárquicos y carismáticos que le son propios, según la pluralidad de los ministerios, estados de vida y tareas que la construyen. «Alcanzados» y «atraídos» por el mismo carisma, partícipes de una misma historia, insertados en una misma formación, sacerdotes y laicos comparten una interesante experiencia de hermandad entre christifideles que se edifican mutuamente, sin jamás confundirse.
Sería sin embargo una grave pérdida un proceso de «clericalización» de los movimientos. Análogamente, resultaría perjudicial que el testimonio y el ministerio de los sacerdotes quedaran de alguna manera empañados y asimilados progresivamente a un estado laical. El sacerdote debe situarse en el seno de un movimiento, más allá de las funciones y tareas que está llamado a asumir en el mismo, como presencia singular de Cristo, Cabeza y Pastor, ministro de la Palabra de Dios y de los sacramentos, educador en la fe, medio de conexión con el ministerio jerárquico. Es más, precisamente de su aportación puede depender en gran medida el crecimiento de los movimientos en esa «madurez eclesial» que recordé en el citado encuentro de Pentecostés de 1998.
Animo pues a ese dicasterio a seguir con atención el camino de los movimientos eclesiales, fomentando un intenso diálogo con ellos y acompañándolos con pastoral sabiduría, sin regatearles, llegado el caso, los oportunos discernimientos, aclaraciones y orientaciones.
Encomiendo a María, la Virgen fiel, ese Congreso y mientras de todo corazón aseguro un recuerdo en la oración para los participantes, a todos envío una especial bendición apostólica.
Vaticano, 21 de junio de 2001.