ORACIÓN Y APOSTOLADO
Francisco
Fernández Carvajal, “Hablar con
Dios”
·
El corazón del hombre está hecho para amar a Dios. Y el Señor desea y busca
el encuentro personal con cada uno.
·
No desaprovechar las ocasiones de apostolado. Mantener firme la esperanza
apostólica.
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Oración y apostolado.
I.
Cierto día, después de haber pasado la tarde anterior curando enfermos,
predicando y atendiendo a las gentes que acudían a Él, Jesús se
levantó de madrugada, cuando era todavía muy oscuro, salió de la
casa de Simón y se fue a un lugar
solitario, y allí oraba. Fueron a buscarle Simón y los que estaban con
él; y cuando le encontraron, le dijeron: Todos te buscan. Lo relata San
Marcos en el Evangelio de la Misa 1.Todos
te buscan. También ahora las muchedumbres tienen «hambre» de Dios.
Continúan siendo actuales aquellas palabras de San Agustín al comienzo de
sus Confesiones: «Nos has creado,
Señor, para ti y nuestro corazón no halla sosiego hasta que descansa en ti»
2. El corazón de la persona humana está hecho para buscar y amar a Dios. Y
el Señor facilita ese encuentro, pues Él busca también a cada persona, a
través de gracias sin cuento, de cuidados llenos de delicadeza y
de amor. Cuando vemos a alguien a nuestro lado, o nos llega una noticia de
alguna persona por medio de la prensa, de la radio o de la televisión, podemos
pensar, sin temor a equivocarnos: a esta persona la llama Cristo, tiene para
ella gracias eficaces. «Fíjate bien: hay muchos hombres y
mujeres en el mundo, y ni a
uno solo de ellos deja de llamar el Maestro.
»Les
llama a una vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección, a
una vida eterna» 3.
En esto reside
nuestra esperanza apostólica: a todos, de una manera u otra, anda buscando
Cristo. Nuestra misión —por encargo de Dioses facilitar estos encuentros
de la gracia.
San
Agustín, comentando este pasaje del Evangelio, escribe: ((El género humano
yace enfermo; no de enfermedad corporal, sino por sus pecados. Yace como
un gran enfermo en todo el orbe de la tierra, de Oriente a Occidente. Para
sanar a este moribundo descendió el médico omnipotente. Se humilló hasta
tomar carne mortal, es decir, hasta acercarse al lecho del enfermo» 4. Han pasado pocas semanas desde que hemos contemplado a Jesús en la gruta
de Belén, pobre e indefenso, habiendo tomado nuestra naturaleza humana para
estar muy cerca de los hombres y salvarnos.
Hemos meditado después su vida oculta en Nazaret, trabajando como uno más,
para enseñarnos a buscarle en la vida corriente, para hacerse asequible a
todos y, mediante su Santa Humanidad, poder llegar a la Trinidad Beatísima.
Nosotros, como Pedro, también vamos a su encuentro en la oración
—en
nuestro diálogo personal con Él—, y le decimos: Todo
el mundo te busca, ayúdanos, Señor, a facilitar el encuentro contigo de
nuestros parientes, de nuestros amigos, de los colegas y
de toda alma que se cruce en nuestro camino. Tú, Señor, eres lo que
necesitan; enséñanos a darte a conocer con el ejemplo de una vida, alegre, a
través del trabajo bien realizado, con una palabra que mueva los corazones.
II.
Un pueblecito alemán, que quedó prácticamente destruido durante la
segunda guerra mundial, tenía en una iglesia un crucifijo, muy antiguo, del
que las gentes del lugar eran muy devotas. Cuando iniciaron la reconstrucción
de la iglesia, los campesinos encontraron esa magnífica talla, sin brazos,
entre los escombros. No sabían muy bien qué hacer: unos eran partidarios de
colocar el mismo crucifijo —era muy antiguo y
de gran valor— restaurado, con unos brazos nuevos; a otros les parecía
mejor encargar una réplica del antiguo. Por fin, después de muchas
deliberaciones, decidieron colocar la talla que siempre había presidido
el retablo, tal como había sido hallada, pero con la siguiente inscripción: Mis
brazos sois vosotros...Así se puede contemplar hoy sobre el altar 5.
Somos los brazos de
Dios en el mundo, pues Él ha querido tener necesidad de los hombres. El Señor
nos envía para acercarse a este mundo enfermo que no sabe muchas veces
encontrar al Médico que le podría sanar. Hablamos de Dios a las gentes con
la esperanza cierta de que Cristo conoce a todos, y
que sólo en Él encuentran la salvación y
palabras de vida eterna. Por eso, no debemos dejar pasar —por pereza,
comodidad, cansancio, respetos humanos— ni una sola ocasión:
acontecimientos normales de todos los días, el comentario sobre una noticia
aparecida en el periódico, un pequeño servicio que prestamos o que nos
prestan..., y también los sucesos
extraordinarios: una enfermedad, la muerte. de un familiar... «Quienes viajan
por motivo de obras internacionales, de negocios o de descanso, no olviden que
son en tolas partes heraldos itinerantes de Cristo y que de)en portarse como tales con sinceridad» 6.
El Papa Juan Pablo I, en su primer mensaje a los fieles, exhortaba a que
se estudiaran todos los caminos, tolas las posibilidades, y se procurasen todos los medios para anunciar, oportuna
e inoportunanente 7,
la salvación a
todas las gentes. «Si todos os hijos de la Iglesia —decía el Romano Pontífice—
fueran misioneros incansables del Evangelio, brotaría una nueva floración de
santidad y de renovación en este mundo sediento de amor y de verdad» 8.
Mantengamos
con firmeza la esperanza en el apostolado, aunque el ambiente se presente difícil.
Los caminos de la gracia son, efectivamente, inescrutables. Pero Dios ha
querido contar con nosotros para salvar a las almas. ¡Qué pena si, por omisión
de los cristianos, muchos hombres quedan sin acercarse al Señor! Por eso
debemos sentir la responsabilidad personal de que ningún amigo, compañero
o vecino, con quienes tuvimos algún trato, pueda decir al Señor: hominem
non habeo ~: no encontré quien me hablara de Ti; nadie me enseñó el
camino. En ocasiones, nuestro trato sólo será el comienzo de ese camino que
lleva a Cristo: un comentario oportuno, un libro para reafirmar la fe, un
consejo certero, una palabra de aliento.., y
siempre el aprecio y el ejemplo de una vida recta.
«El
cristianismo posee el gran don de enjugar y curar la única herida profunda de
la naturaleza humana, y esto vale más para su éxito que toda una enciclopedia de
conocimientos científicos y toda una biblioteca de controversias; por eso el
cristianismo ha de durar mientras dure la naturaleza humana» lO, Preguntémonos
hoy: ¿a cuántas personas he ayudado a vivir cristianamente el tiempo de
Navidad que acabamos de celebrar? Encomendemos a los amigos a quienes
estamos ayudando para que se acerquen a la Confesión o a algún medio que
facilite su formación y su conocimiento
de la doctrina del Señor.
III.
El Señor nos quiere como instrumentos suyos para hacer presente su obra
redentora en medio de las tareas seculares, en la vida corriente. Pero, ¿cómo
podríamos ser buenos instrumentos de Dios sin cuidar con esmero la vida de
piedad, sin un trato verdaderamente personal con Cristo en la oración? ¿Acaso
puede un ciego guiar a otro ciego?, ¿no caerán los dos en el precipicio? II
El apostolado es fruto del amor a Cristo. Él es la Luz con la que iluminamos,
la Verdad que debemos enseñar, la Vida que comunicamos. Y esto sólo será
posible si somos hombres y mujeres unidos a Dios por la oración. Conmueve
contemplar cómo el Señor, entre tanta actividad apostólica, se levanta
muy de madrugada, cuando aún era oscuro,
para dialogar con su Padre Dios y confiarle
la nueva jornada que comienza, llena también de atención a las almas.
Nósotros
debemos imitarle: es en la oración, en el trato con Jesús, donde aprendemos
a comprender, a mantener la alegría, a atender y
apreciar a las personas que el Señor pone en nuestra senda. Sin oración,
el cristiano sería como una planta sin raíces: acaba seca, sin posibilidad
de dar frutos, en poco tiempo. En nuestro día podemos y
debemos dirigirnos al Señor muchas veces. Él no está lejos: está
cerca, a nuestro lado, y nos oye siempre, pero particularmente en los ratos
—como ahora— que dedicamos expresamente a hablar, sin anonimatos, de tú a
tú, con Dios. En la medida en que nos abrimos a los requerimientos divinos,
la jornada será divinamente eficaz y tendremos más facilidad para no
interrumpir el diálogo con Jesús. En verdad, nuestra vida de apóstoles vale
lo que valga nuestra oración 12,
La
oración siempre da sus frutos, es capaz de sostener toda una vida. De ella
sacaremos la fortaleza para afrontar las dificultades con el garbo de los
hijos de Dios. Y para la perseverancia —la constancia en el trato con
nuestros amigos— que requiere todo apostolado. Por eso nuestra amistad con
Cristo ha de ser día a día más honda y sincera. Para esto debemos empeñarnos
seriamente en evitar todo pecado deliberado, guardar el corazón para Dios,
procurar rechazar los pensamientos inútiles, que frecuentemente dan lugar a
faltas y pecados, rectificar muchas veces la intención, dirigiendo al Señor
nuestro ser y nuestras obras...
Hemos de luchar contra el desaliento —si llegara alguna vez— que puede
producirse al pensar que no mejoramos en la oración personal, pues estonces
es fácil que el demonio insinúe la tentación de abandonarla. No debemos
dejarla jamás, aunque estemos cansados y
no podamos centrar del todo la atención, aunque no tengamos ningún
afecto, aunque —sin desearlo— lleguen muchas distracciones. La oración es
el soporte de nuestra vida y la condición de todo apostolado.
Acudimos, al terminar este rato de oración, a la intercesión poderosa de San José, maestro de la vida interior. A él, que durante tantos años vivió junto a Jesús, le pedimos que nos enseñe a amarle y a dirigirnos a Él con confianza todos los días de nuestra vida; también aquellos que parecen más apretados de trabajos y en los que nos sentimos con más dificultades para dedicarle ese rato de oración que acostumbramos. Nuestra Madre Santa María intercederá, junto al Santo Patriarca, por nosotros.
1 Mc 1,29-39.- 2 S. ANAGUSTIN, Confesiones, 1,1,1.- 3 J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja, Rialp, 1ª ed., Madrid 1987, n. 13.- 4 SAN AGUSTÍN, Sermón 87, 13.- 5 Cfr. F. FERNÁNDEZ CARVAJAL, La tibieza, PaÍabra, 6ª ed., Madrid 1986, p. 149.- 6 CONC. VAT. 11, Decr. Apostolicam ac:uositatem, 14.- 7 2 Tim 4, 2.- 8 JUAN PABLO I, Alocución 27-VI11-I978.- 9 Jn 5, 7.- 10 CARD. J. H. NEWMAN, El sentido religioso, p. 417.- 11 Lc 6, 39.- 12 Cfr. J. ECSRVÁ DE BALAGUER, Camino, Rialp, 30ª ed., Madrid 1976.