ESTAD
SIEMPRE ALEGRES EN EL SEÑOR
El Apóstol nos manda
alegrarnos, pero en el Señor, no en el mundo. Pues, como afirma la Escritura: El
que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. Pues del mismo modo
que un hombre no puede servir a dos señores, tampoco puede alegrarse en el
mundo y en el Señor.
Que el gozo en el Señor sea el
triunfador, mientras se extingue el gozo en el mundo. El gozo en el Señor
siempre debe ir creciendo, mientras que el gozo en el mundo ha de ir
disminuyendo hasta que se acabe. No afirmamos esto como si no debiéramos
alegrarnos mientras estamos en este mundo, sino en el sentido de que debemos
alegrarnos en el Señor también cuando estamos en este mundo.
Pero alguno puede decir: «Estoy
en el mundo, por tanto, si me alegro, me alegro allí donde estoy.» ¿Pero es
que por estar en el mundo no estás en el Señor? Escucha al apóstol Pablo
cuando habla a los atenienses, según refieren los Hechos de los apóstoles, y
afirma de Dios, Señor y creador nuestro: En él vivimos, nos movemos y
existimos. El que está en todas partes, ¿en dónde no está? ¿Acaso no
nos exhortaba precisamente a esto? El Señor está cerca; nada os preocupe.
Gran cosa es ésta: el mismo que
asciende sobre todos los cielos está cercano a quienes se encuentran en la
tierra. ¿Quién es éste, lejano y próximo, sino aquel que por su benignidad
se ha hecho próximo a nosotros?
Aquel hombre que cayó en manos
de unos bandidos, que fue abandonado medio muerto, que fue desatendido por el
sacerdote y el levita y que fue recogido, curado v atendido por un samaritano
que iba de paso, representa a todo el género humano. Así, pues, como el justo
e Inmortal estuviese lejos de nosotros, los pecadores y mortales, bajó hasta
nosotros para hacerse cercano quien estaba lejos.
No nos trata como merecen
nuestros pecados, pues somos hijos. ¿Cómo lo probamos? El Hijo unigénito
murió por nosotros para no ser el único hijo. No quiso ser único quien, único,
murió por todos. El Hijo único de Dios ha hecho muchos hijos de Dios. Compró
a sus hermanos con su sangre, quiso ser reprobado para acoger a los réprobos,
vendido para redimirnos, deshonrado para honrarnos, muerto para vivificarnos.
Por tanto, hermanos, estad
alegres en el Señor, no en el mundo: es decir, alegraos en la verdad, no en
la iniquidad; alegraos con la esperanza de la eternidad, no con las flores de la
vanidad. Alegraos de tal forma que, sea cual sea la situación en la que os
encontréis, tengáis presente que el Señor está cerca; nada os preocupe.
De los sermones de san Agustín, obispo (Sermón 171, 1-3- 5: PL 38, 933-935)