EL VALOR INFINITO DE LA MISA

F. Fernández-Carvajal, “Hablar con Dios”

 

‑ El sacrificio de Isaac, imagen y figura del Sacrifi­cio de Cristo en el Calvario. Valor infinito de la Misa.

‑ Adoración y acción de gracias.

‑ Expiación y propiciación por nuestros pecados; impetración de todo aquello que necesitamos.

 

I. Leemos en el libro del Génesis1 cómo Dios quiso probar la fe de Abrahán. Le había sido pro­metido que su descendencia sería como las estre­llas del cielo. El Patriarca ve el paso del tiempo hasta llegar a una edad muy avanzada; y su mujer era estéril. Pero él siguió creyendo en la palabra de Dios.

Yahvé le había anunciado que tendría un hijo, y Abrahán lo creyó contra toda esperanza; cuan­do al fin vino al mundo lo llamó Isaac, y cuando, ya mayor, constituía el premio a su confianza, Dios, señor de la vida y de la muerte, le mandó que lo sacrificara: Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofréce­melo allí en uno de los montes que Yo te indicaré. Pero en el momento en que iba a sacrificar al hijo amado, el Ángel del Señor le detuvo. Y oyó el Patriarca estas palabras llenas de bendiciones sobre­abundantes: Por haber hecho esto, por no haber­te reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descen­dientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo serán ben­decidos en tu descendencia, porque me has obe­decido.

Los Padres de la Iglesia han visto en el sacri­ficio de Isaac un anuncio del sacrificio de Jesús. Isaac, el único hijo de Abrahán, el amado, carga­do con la leña hacia el monte donde va a ser sa­crificado, es figura de Cristo, el Unigénito del Pa­dre, el Amado, que camina con la cruz a cuestas hacia el Calvario, donde se ofrece como sacrificio de valor infinito1  por todos los hombres.

En la Misa, después de la Consagración, el Ca­non Romano celebra la memoria de esta oblación de Abrahán, la entrega de su hijo. Él es nuestro «padre en la fe». Dirige tu mirada serena y bon­dadosa sobre esta ofrenda, decimos a Dios Padre: acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melqui­sedec... 2.

La obediencia de Abrahán es la máxima ex­presión de su fe sin condiciones a Dios. Por eso, recobró de nuevo a Isaac y, después de haberlo

ofrecido, lo recibió como un símbolo. Pensaba, en efecto, que Dios es poderoso para resucitar de en­tre los muertos; por eso lo recobró y fue como una imagen de lo venidero 3.

Orígenes señala que el sacrificio de Isaac nos hace comprender mejor el misterio de la Reden­ción. < El hecho de que Isaac llevara la leña para el holocausto es figura de Cristo que llevó su cruz a cuestas. Pero, al mismo tiempo, llevar la leña para el holocausto es tarea del sacerdote. Luego Isaac fue a la vez víctima y sacerdote (...). Cristo es al mismo tiempo Víctima y Sumo Sacerdote. Según el espíritu, en efecto, ofrece la víctima a su Padre; según la carne, Él mismo es ofrecido sobre el altar de la Cruz» 4. Por eso, cada Misa tiene un valor infinito, inmenso, que nosotros no podemos comprender del todo: «alegra toda la corte celes­tial, alivia a las pobres almas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los santos, que todas las lágrimas por ellos derrama­das desde el principio del mundo y todo lo que ha­gan hasta el fin de los siglos» 5.

 

II. Aunque todos los actos de Cristo fueron re­dentores, existe, sin embargo, en su vida un acon­tecimiento singular que destaca sobre todos, y al que todos se dirigen: el momento en que la obe­diencia y el amor del Hijo ofrecieron al Padre un sacrificio sin medida, a causa de la dignidad de la Ofrenda y por el Sacerdote que la ofrecía. Y es Él quien permanece en la Misa como Sacerdote prin­cipal y Víctima realmente ofrecida y sacramental­mente inmolada.

En la Santa Misa, los frutos que miran inme­diatamente a Dios, como la adoración y la acción de gracias, se producen siempre en su plenitud in­finita, sin depender de nuestra atención, ni del fer­vor del sacerdote. En cada Misa se ofrecen infali­blemente a Dios una adoración, una reparación y una acción de gracias de valor sin límites, porque es Cristo mismo quien la ofrece y el que se ofrece. Por eso, es imposible adorar mejor a Dios, reco­nocer su dominio soberano sobre todas las cosas y sobre todos los hombres. Es la realización más acabada del precepto: Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás 6.

Es imposible dar a Dios una reparación más perfecta por las faltas diariamente cometidas que ofreciendo y participando con devoción del Santo Sacrificio del Altar 7. Es imposible agradecerle me­jor los bienes recibidos que a través de la Santa Misa: Quid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi?... ¿Cómo retribuiré a Dios por to­dos los beneficios que ha tenido conmigo? Eleva­ré el cáliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor g. Qué gran oportunidad para agradecer a Dios tantos bienes como recibimos..., pues a ve­ces es posible que nos olvidemos de dar gracias a Dios por sus dones, tantos y tantos; puede sucedernos como a los leprosos curados por Jesús...

«La adoración, la reparación y la acción de gracias son efectos infalibles del sacrificio de la Misa que miran al mismo Dios» 9, ya que es el mis­mo el que ofrece y se ofrece. ¡Qué honor tan gran­de el de los sacerdotes, al prestarle a Cristo la voz y las manos en el sacrificio eucarístico! ¡Qué gran­deza la de los fieles de poder participar en tan gran Misterio!

«Dile al Señor que, en lo sucesivo, cada vez que celebres o asistas a la Santa Misa, y adminis­tres o recibas el Sacramento Eucarístico, lo harás con una fe grande, con un amor que queme, como si fuera la última vez de tu vida.

»‑Y duélete, por tus negligencias pasadas» 10.

 

III. En el monte Moria no fue sacrificado Isaac, el hijo único y amado de Abrahán; en el Calvario, Jesús padeció y murió por todos noso­tros, pro peccatis, a causa de nuestros pecados. Este fruto de expiación y de propiciación alcanza también a las almas de quienes nos precedieron y que se purifican en el Purgatorio, esperando el tra­je de bodas 11 para entrar en el Cielo.

El sacrificio eucarístico realiza, por sí mismo y por su propia virtud, el perdón de los pecados; «pero lo opera de una manera mediata... Por ejem­plo, una persona que pida a Dios sin asistir al sa­crificio la gracia de mudar de vida y de confesar­se, la obtendrá sólo en virtud de su fervor y de sus instancias...; pero si oye Misa con este fin es segu­ro que obtendrá este favor eficazmente con tal de que no oponga obstáculos a ello» 12.

Jesucristo, al ofrecerse al Padre, pide por to­dos. Él vive para interceder por nosotros 13. ¿Qué mejor momento encontraríamos que éste de la Santa Misa para acercarnos a pedir lo que tanto necesitamos?

Cada Misa es ofrecida por la Iglesia entera, que suplica a su vez por todo el mundo. «Cada vez que se celebra una Misa es la sangre de la Cruz la que se derrama como lluvia sobre el mundo» 14. Junto a la Iglesia, pedimos de modo particular por el Papa, el obispo diocesano, el propio prelado y todos los demás que, «fieles a la verdad, promue­ven la fe católica y apostólica» 15. Junto a este fru­to general de la Misa, hay también un fruto espe­cial, de diverso modo, para quienes participan en el Santo Sacrificio: quienes han procurado que se celebre; para el sacerdote hay un fruto especialísi­mo irrenunciable, puesto que depende de su vo­luntad meritoria el que se diga la Misa; participan de este fruto especial los acólitos, los cantores... y todo el pueblo santo que esté presente en el Sacri­ficio, cada uno según sus disposiciones: todos los circunstantes, cuya fe y entrega bien conoces... Por ellos y todos los suyos, por el perdón de sus peca­dos y la salvación que esperan, te ofrecemos y ellos mismos te ofrecen este sacrificio de alabanza a ti, eterno Dios, vivo y verdadero 16.

Además de los frutos de alabanza y de adora­ción a Dios, también produce la Santa Misa, de modo infinito e ilimitados en sí mismos, los fru­tos de remisión de nuestros pecados y de impetra­ción de todo aquello que necesitamos, pero son fi­nitos y limitados según nuestras disposiciones. Por eso es tan importante la preparación del alma con la que nos acercamos a participar de este único Sa­crificio, y los momentos de recogimiento ya aca­bada la acción sagrada. < ¿Estáis allí ‑pregunta el Santo Cura de Ars‑ con las mismas disposicio­nes que la Virgen Santísima en el Calvario, tratán­dose de la presencia de un mismo Dios y de la con­sumación de igual sacrificio?» 17.

Pidamos a Nuestra Señora que la celebración o la participación del sacrificio eucarístico sea para nosotros la fuente donde se sacian y se au­mentan nuestros deseos de Dios.

 

1 Primera lectura. Año I. Gen 22, 1‑19. ‑ 2 MISAL ROMANO, Plegaria Euca­rística I. ‑ 3 Cfr. Heb 11, 19. ‑ a ORIGENES, Homilías sobre el Génesis, 8, 6, 9. ‑ 5 SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Santa Misa. ‑ 6 Mi 4, 10. ‑ 7 CONC. DE TRENTO, Sesión 22, C. 1. ‑ 8 Sal 115, 12. ‑ 9 R. GARRI­GOU‑LAGRANGE, El Salvador, p 457. ‑ 10 J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja, n. 829. ‑ 11 Cfr. Mi 22, 12. ‑ 12 ANóNIMO, La Santa Misa, Rialp, Madrid 1975, p. 95. ‑ 13 Cfr. Heb 7, 25. ‑ 1° CH. JOURNET, La Misa, Deselée de Brouwer, 2? ed., Bilbao 1962, p. 182. ‑ 15 MISAL ROMANO, Plegaria Eucarís­tica 1. ‑ 16 Ibídem. ‑ 17 SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el pecado.