CONFESAR LOS PECADOS
F. Fernández-Carvajal, Hablar
con Dios
‑ La Confesión, un encuentro con Cristo.
‑ Al sacramento de la Penitencia vamos a pedir perdón por
nuestros pecados. Cualidades de una buena Confesión: «concisa, concreta,
clara y completa».
‑ Luces y gracias que recibimos en este sacramento. Importancia de las disposiciones interiores.
I. Recuerda, Señor, que tu
ternura y tu misericordia son eternas 1(...)
La Cuaresma es un tiempo
oportuno para cuidar muy bien el modo de recibir el sacramento de la
Penitencia, ese encuentro con Cristo, que se hace presente en el sacerdote;
encuentro siempre único, y siempre distinto. Allí nos acoge como Buen
Pastor, nos cura, nos limpia, nos fortalece. Se cumple en este sacramento lo
que el Señor había prometido a través de los Profetas: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y yo mismo las llevaré a la majada.
Buscaré a la oveja perdida, traeré la extraviada, vendaré a la herida y
curaré la enferma, y guardaré las gordas y robustas 2.
Cuando nos acercamos a este
sacramento debemos pensar ante todo en Cristo. El debe ser el centro del acto
sacramental. Y la gloria y el amor a Dios han de contar más que nuestros
pecados. Se trata de mirar mucho más a Jesús que a nosotros mismos; más a su
bondad que a nuestra miseria, pues la vida interior es un diálogo de amor en el
que Dios es siempre el punto de referencia.
El hijo pródigo que vuelve
‑eso somos nosotros cuando decidimos confesarnos‑ inicia el camino
del retorno movido por la triste situación en la que se encuentra, sin perder
nunca la conciencia de su pecado: No soy digno
de ser llamado hijo tuyo; pero conforme se acerca a la casa paterna va
reconociendo con cariño todas las cosas del hogar propio, del hogar de siempre.
Y ve en la lejanía la figura inconfundible de su padre que se dirige hacia él.
Esto es lo importante: el encuentro. Cada Confesión contrita es «un
acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro en la propia verdad
interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más
profundo de sí mismo, y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la
alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo han
dejado de gustar» 3. Nosotros hemos de procurar que sientan, que experimenten
esa nostalgia de Dios y se acerquen a Él, que les espera.
Debemos sentir deseos de
encontrarnos a solas con el Señor lo antes posible, como lo desearían sus discípulos
después de unos días de ausencia, para descargar en Él todo el dolor
experimentado al comprobar las flaquezas, los errores, las imperfecciones, los
pecados, tanto al desempeñar nuestros deberes profesionales como en la relación
con los demás, en la actividad apostólica, en la misma vida de piedad.
Este empeño por centrar la Confesión en Cristo es importante para no caer en la rutina, para sacar del fondo del alma aquellas cosas que son las que más pesan y que sólo saldrán a la superficie a la luz del amor a Dios. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas.
II. Misericordia, Dios mío,
por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi
delito, limpia mi pecado 4.
Muchas
veces a lo largo de nuestra vida hemos pedido perdón, y muchas veces nos ha
perdonado el Señor. A1 finalizar cada día, cuando hacemos recuento de
nuestras obras, podríamos decir: Misericordia,
Dios mío... Cada uno de nosotros sabe cuánto necesita de la misericordia
divina.
Así
acudimos a la Confesión: a pedir la absolución de nuestras culpas como una
limosna que estamos lejos de merecer. Pero vamos con confianza, fiados no en
nuestros méritos, sino en Su misericordia, que es eterna e infinita, siempre
dispuesta al perdón: Señor, Tú no
desprecias un corazón quebrantado y humillado 5 (...)
Él
sólo nos pide que reconozcamos nuestras culpas con humildad y sencillez, que
reconozcamos nuestra deuda. Por eso, a la Confesión vamos, en primer lugar, a
que nos perdone quien está en lugar de Dios y haciendo sus veces. No tanto a
que nos comprendan, a que nos alienten. Vamos a pedir perdón. Por eso, la acusación
de los pecados no consiste en la simple
declaración de los mismos, porque no se trata de un relato histórico de
las propias faltas, sino de una verdadera acusación de ellas: Yo me
acuso de... Es, a la vez, una acusación dolorida de algo que desearíamos
que no hubiese ocurrido nunca, y en la que no caben las disculpas con las
que disimular las propias faltas o disminuir la responsabilidad personal. Señor...,
por tu inmensa compasión, borra mi culpa;
lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Mons. Escrivá de Balaguer,
con criterio sencillo y práctico, aconsejaba que la Confesión fuese concisa,
concreta, clara y completa.
Confesión concisa,
de no muchas palabras: las precisas, las necesarias para decir con humildad
lo que se ha hecho u omitido, sin extenderse innecesariamente, sin adornos. La
abundancia de palabras denota, en ocasiones, el deseo, inconsciente o no, de
huir de la sinceridad directa y plena; para evitarlo, hay que hacer bien el
examen de conciencia.
Confesión concreta,
sin divagaciones, sin generalidades. El penitente «indicará
oportunamente su situación y también el tiempo de su última confesión, sus
dificultades para llevar una vida cristiana» 6, declara sus pecados y el
conjunto de circunstancias que hacen resaltar sus faltas para que el confesor
pueda juzgar, absolver y curar'.
Confesión clara,
para que nos entiendan, declarando la entidad precisa de la falta,
poniendo de manifiesto nuestra miseria con la modestia y delicadeza
necesarias.
Confesión completa,
íntegra. Sin dejar de decir nada por falsa vergüenza, por «no quedar
mal» ante el confesor.
Revisemos si al prepararnos, en cada ocasión, para recibir este sacramento procuramos que lo que vamos a decir al confesor tenga estas características anteriormente descritas.
III. «La Cuaresma es un
tiempo particularmente adecuado para despertar y educar la conciencia. La
Iglesia nos recuerda precisamente en este período la necesidad inderogable de
la Confesión sacramental, para que todos podamos vivir la resurrección de
Cristo no sólo en la liturgia, sino también en nuestra propia alma» 8.
La Confesión nos hace
participar en la Pasión de Cristo y, por sus merecimientos, en su Resurrección.
Cada vez que recibimos este sacramento con las debidas disposiciones se opera en
nuestra alma un renacimiento a la vida de la gracia. La Sangre de Cristo,
amorosamente derramada, purifica y santifica el alma, y por su virtud el
sacramento confiere la gracia ‑si se hubiera perdido‑ o la aumenta,
aunque en grados diferentes, según las disposiciones del penitente. «La
intensidad del arrepentimiento es, a veces, proporcionada a una mayor gracia
que aquella de la que cayó por el pecado; a veces, igual; a veces, menor. Y por
lo mismo, el penitente se levanta en unas ocasiones con mayor gracia de la que
tenía antes; otras, con igual gracia; y a veces, con menor. Y lo mismo hay
que decir de las virtudes que dependen y siguen a la gracia» 9.
En la Confesión, el alma
recibe mayores luces de Dios y un aumento de sus fuerzas ‑gracias particulares
para combatir las inclinaciones confesadas, para evitar las ocasiones de
pecar, para no reincidir en las faltas cometidas... ‑para su lucha diaria.
«Mira qué bueno es Dios y qué fácilmente perdona los pecados; no sólo
devuelve lo perdonado sino que concede cosas inesperadas» 10. ¡Cuántas veces las mayores gracias las hemos recibido después
de una Confesión, después de haberle dicho al Señor que nos hemos portado mal
con Él! Jesús da siempre bien por mal, para animarnos a ser fieles. El
castigo que merecemos por nuestros pecados ‑como el que merecían los
habitantes de Ninive, que hoy se nos narra en la primera lectura de la Misa 11‑ es borrado
por Dios cuando ve nuestro arrepentimiento y nuestras obras de penitencia y
desagravio.
La Confesión sincera de
nuestras culpas deja siempre en el alma
una gran paz y una gran alegría. La tristeza del pecado o de la falta de
correspondencia a la gracia se torna gozo. «Quizá los momentos de una Confesión sincera figuran entre los
más dulces, más confortantes y más decisivos de la vida» 12.
«Ahora
comprendes cuánto has hecho sufrir a Jesús, y te llenas de dolor: ¡qué
sencillo pedirle perdón, y llorar tus traiciones pasadas! ¡No te caben en el
pecho las ansias de reparar!
»Bien. Pero no olvides que
el espíritu de penitencia está principalmente en cumplir, cueste lo que
cueste, el deber de cada instante» 13.
1
Antífona de entrada. Sal 24, 6. ‑ 2 Ez
34, 15‑16. ‑ 3 JUAN PABLO II,
Exhor. Apost. Reconciliatio
et Paenitentia, 2‑XII‑1984,
31, 111. ‑ 4 Salmo responsorial, Sal
50, 4. ‑ 5 IDEM.‑ 6 Pablo VI,
Ordo Paenitentiae, 16. ‑ 7 Cfr.
Ibidem. ‑ 8 JUAN PABLOII, Carta a los fieles de Roma, 28‑11‑1979.
‑ 9 SANTO TOMAS, Suma
Teológica, 3, q. 89, a. 2c. ‑
10 SAN AMBROSIO, Trat. sobre el Evangelio
de San Lucas, 2, 73. ‑
11 Primera lectura, Jon 3,
1‑10. ‑ 12 PABLO V1,
Alocución, 27‑11‑1975. ‑
13 J. ESCRIVA DE BALAGUER, Vía
Crucis, Rialp, Madrid 1981, IX, 5.