REALITY SHOWS: LOS
NUEVOS "EXCITANTES"
Autor: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E.
(Enviado por Manuel Gallardo Uribe)
1. Un paso más en la
degradación...
A esto hemos llegado por la necesidad de inventar nuevos “excitantes”. Estos
espectáculos son, en el fondo, el reemplazo del teleteatro o telenovela o
culebrón, que han perdido ya su capacidad de atraer la atención del público.
Se trata, ésta, de una ley muy conocida por los vendedores de pornografía, y
denominada “ley de la novedad”. Se puede expresar diciendo: “para impresionar
sensorial y psíquicamente hay que variar y renovar”. Aplicado al campo de la
lujuria, la psicología humana sabe que, por su carácter repetitivo, la
pornografía tiene el gran inconveniente de embotarse, caer y volverse “anodina”,
en el sentido de perder su capacidad de excitación. Señalaba el eminente
psiquiatra G. Zuanazzi: “estamos en un círculo vicioso: estímulo e inmunización;
nuevo estímulo, mayor inmunización y más sutil búsqueda de emociones. Es un
juego de bric-à-brac, en el que está en juego el desastre sexual y la
infelicidad humana”[3]. Por eso, el productor de pornografía se ve exigido a
buscar constantemente formas nuevas de sexualidad, todavía inexplotadas. Esta
ley lleva, pues, a sondear nuevos campos de degeneración: de la
heterosexualidad, habrá de pasar al campo de la homosexualidad, de aquí a la
pedofilia, de ésta al sadismo, y así sucesivamente.
Sin llegar a tales extremos, los vendedores de dramones televisivos, aplican la
misma ley al campo de los sentimientos y de las pasiones. Por eso han tenido que
pasar, paulatinamente, de hacer enamorar a la sirvienta con el niño rico al
adulterio, de aquí a los triángulos amorosos, de éstos al melodrama del incesto
o al sacrilegio (en una época se puso de moda meter algún cura o alguna monja
dentro de alguna truculenta tragedia sentimental) y de aquí a la
homosexualidad... pero ni aún así han podido satisfacer la sed de novedad que se
despierta en quien comienza a bajar la cuesta de la morbosidad. Y como la
ficción ha dejado de excitar, se prueba ahora con la “realidad” desnuda (o la
apariencia de realidad, como es este caso).
2. Voyeurismo y exhibicionismo
Desde el punto de vista psicológico y moral, ¿ante qué deformación de la
personalidad humana estamos? En el fondo, se manifiesta como una forma (atenuada
o incipiente) de voyeurismo y de exhibicionismo. No quiero decir que se trate
propiamente de las perturbaciones patológicas designadas con estos términos (el
voyeurismo es una perversión por la cual se busca la excitación contemplando las
partes íntimas del cuerpo humano; el exhibicionismo, en cambio, consiste en el
impulso a mostrar los órganos genitales). Pero sin llegar a estas parafilias,
este tipo de fenómenos nos ponen en la misma línea. De hecho el éxito de este
tipo de “shows” se fundamenta en la convergencia de dos tendencias moralmente
deformadas del ser humano: por un lado, la ambición de ser mirado, y, por otra,
el afán de fisgonear en las vidas ajenas.
1º El gusto por “ser mirados”, por exhibir públicamente la propia intimidad, es
una degeneración moral (y podría terminar en una perversión psicológica). Se
opone al pudor que es parte integrante de la templanza y tiene por función
preservar la intimidad de la persona. El pudor “designa el rechazo a mostrar lo
que debe permanecer velado”, dice el Catecismo[4]. Ordena las miradas y los
gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que
existe entre ellas; protege el misterio de las personas y de su amor; invita a
la paciencia y a la moderación en la relación amorosa. El pudor es modestia.
“Mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad
malsana; se convierte en discreción”[5]. Dice también el Catecismo: “Existe un
pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza,
por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano propios de cierta publicidad
o las incitaciones de algunos medios de comunicación a hacer pública toda
confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a
las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes”[6].
Sería erróneo restringir esto al campo de la castidad y de la pureza. En
realidad toda la intimidad de la persona, del matrimonio y de la familia está
protegida por la sombra bienhechora del pudor.
Hablando de los reality shows, un artículo ya citado dice: “el investigador y
doctor en psicología, Roberto Follari, comenta que esto encuentra explicación en
el sentimiento del ‘placer de mirar y ser mirado’, aunque sea por un rato. ‘No
sólo tiene que ver con la posibilidad de ganar un premio sino con la gloria de
ser mirado por diez minutos, por más que no sea’ (...) El investigador describió
el perfil en el que, en general, se insertan la mayoría de los participantes.
‘Se trata de seres anónimos, en algunos casos frustrados o de clases populares,
o sin otras posibilidades de destacarse que la de desnudar sus pasiones reales o
ficticias en televisión’. ¿Si mienten o dicen la verdad?, ‘eso no importa, lo
importante es que la gente los reconozca por la calle y sientan que pueden
compartir la gloria de las grandes estrellas’, agregó. Por otro lado, para la
socióloga Graciela Cousinet, el desnudar las pasiones por TV responde a la
puesta en marcha de un proceso de ‘mercantilización’ de las relaciones sociales.
Esto es, ‘cada vez son más las relaciones de este tipo que se compran y se
venden. Ahora resulta que ir al baño vende y llama la atención’”[7].
2º Esto se combina con la tendencia (no menos pervertida) a fisgonear la vida
ajena, es decir, el voyeurismo (curiosidad exacerbada respecto de lo sexual y de
la intimidad ajena). Hasta hace un tiempo este tipo de pervertido parecía
caracterizarse como aquel individuo que contemplaba con unos binoculares o un
telescopio la vida privada de la vecina del edificio de enfrente. Hoy en día
tenemos el “reality show”, y en lugar de prismáticos hay un canal televisivo que
cumple su misma función. Lo importante es que nos demos cuenta de que se trata
de la misma cosa. Para que se verifique esta corrupción psicológica y moral da
lo mismo que la persona observada se preste o no a ello. Algunos deben creer que
su actitud no es inmoral porque las personas fisgoneadas se ofrecen
voluntariamente. ¡Es falso! Lo esencial de este comportamiento es el gusto
morboso que experimenta el fisgón en mirar por el ojo de la cerradura (aunque
sea una cerradura virtual, como la que proporciona la camarita de televisión).
Cuando una neurosis “fija” esta tendencia (creada por este tipo de programas)
podemos enfrentarnos a un verdadero caso de voyeurismo.
Es interesante (y trágico) el giro moral que va dando al respecto nuestra
sociedad. Hasta hace poco tiempo ser tachados de mirones, entremetidos,
curiosos, chismosos, hurones, etc., era un insulto, una identificación muy baja
(en varias novelas costumbristas se describen personajes con estas
características, resultando siempre aborrecibles al lector). Ahora ese mismo
vicio pasa desapercibido, y las intimidades, pasiones, vicios, etc., del grupo
de personas que prestan su intimidad por televisión, son la comidilla y la
habladuría cotidiana en las oficinas, el colegio, los comercios, el colectivo o
el taxi. ¿Será un efecto de la globalización? ¿No será que en vez de una “aldea
global” estamos construyendo un conventillo sin fronteras?
Hace poco, en una popular revista italiana, una jovencita defendió la versión
italiana de uno de estos “reality show”; alguien se había atrevido a criticarlo
diciendo que este programa “modificaba el modo de pensar de la gente”; ella
sostenía que no. A pesar de su buena intención, las pocas líneas de su defensa
eran una demostración de lo acertada que estaba la crítica: sus modos de pensar
estaban moldeados por ese programa.
Estos programas, lo acepten o no lo acepten sus seguidores, producen gravísimas
consecuencias en la sociedad. “Ni extremadamente críticos ni defensores del
fenómeno, los sociólogos y psicólogos consultados aseguran que estos programas
no son inofensivos para el espectador”[8].
Las ideas y actitudes que se ponen de manifiesto en estos shows son de orden
inmoral. No hablemos aquí de las pasiones desordenadas que se muestran o se
promete mostrar, al menos en algunas versiones de estos espectáculos (peleas,
celos, obscenidades, sexo, impudor, ociocidad, etc.). Esto cae de maduro. Pero
la misma mecánica del fenómeno contiene una inmoralidad: en efecto, se trata de
un juego, pero ¿qué es lo que está en juego? El premio es el dinero y la fama;
por contraposición, el castigo es la vuelta al anonimato. Los que premian y
castigan son (al menos así se les hace creer) los televidentes que votan a quien
mantener y a quien echar. El mecanismo de juego consiste, por tanto, en la
astucia para serruchar el piso a los demás participantes (si no, ¿cómo se podría
ganar?), pero mostrando una cara positiva, “buena onda”, espíritu de equipo, es
decir, la simpatía necesaria para ganarse al público votante. Sin embargo, en
esa pequeña sociedad de competidores, “nadie ayuda a nadie, por más que simule
lo contrario”[9]. En el fondo esto es el reino de la hipocresía que disfraza la
“rivalidad” de camaradería. Por esto en algunos países como Francia y Grecia,
algunos sectores de la sociedad han reaccionado con fuerza contra estos shows
televisivos. El diario griego Kathimerini ha acusado a uno de estos programas de
“hacer emerger las características más repugnantes de la naturaleza humana”.
La sociedad absorbe estas actitudes y estos mecanismos como esponja. Una
demostración de esto es la manipulación que los productores de estos programas
ejercen no sólo sobre los participantes sino también sobre la audiencia: los
juicios que hace la gentes sobre cada uno de los participantes están manejados
por los productores. “En los resúmenes que se emiten durante la semana, el
encadenamiento de imágenes es arbitrario y constituye una herramienta esencial
para manipular la opinión pública. La edición –lo han dicho los familiares hasta
el cansancio, ustedes muestran lo peor de mi hijo, yo llamé a la producción para
denunciarlo, me dijeron que iban a revisar los tapes, pero no pasó nada, en este
país es siempre lo mismo– establece tendencia, va torciendo el pensamiento del
público, va moldeando su humor”[10]. De la misma manera se van manipulando los
juicios de valor, pues las relaciones de simpatía y antipatía (que son
sentimentales y fácilmente manipulables) respecto de cada personaje van
originando juicios de valor sobre sus comportamientos: tendemos a “justificar”
los actos de quienes amamos y a “condenar” los comportamientos de quienes
odiamos.
Por eso no es totalmente exacto (aunque sí en cierta medida) lo que se dice a
menudo: que estos shows son un reflejo de la sociedad contemporánea. Es más
cierto lo contrario, a saber: que, por la fuerza de los medios de comunicación
(que son “creadores de opinión”, como a veces se dice) los programas televisivos
van moldeando la sociedad, es decir, logran que la audiencia termine hablando,
pensando y actuando como hablan, actúan y piensan los personajes que contempla.
Muchos, viendo estos programas, tal vez se pregunten asombrados: “¿así somos
nosotros?”. Y por no perder el tren de la sociedad (¡suprema vergüenza!) se
subirán también ellos al último vagón de un tren fantasma.