Bendito Papa anciano

Por Antonio Ariza Soler

 

Apenas hace un mes Juan Pablo II ha vuelto a "sorprendernos". Esta vez se trata de un "motu proprio", es decir, de algo que le sale del alma pero en cuanto Autoridad suprema de los católicos y siempre atento al bien universal. El asunto de esta Carta paterna -"Misericordia de Dios" es su título-, es el Sacramento de la Penitencia. El Papa quiere recordar a los católicos y a sus Pastores, la entrañable naturaleza y necesidad de este sacramento "de la alegría", y también marcar de manera nítida la frontera entre lo normal y habitual -la confesión individual e íntegra- y lo reservado para situaciones límite en absoluto deseables -la absolución colectiva-. El documento, breve y asequible, no tiene desperdicio, e incluso a no católicos podría producir sensación de bienestar, pues ¿a quién no reconforta la mera posibilidad de un "tribunal del perdón de Dios"?

Muy conforme con la lógica cristiana, esta Carta apostólica resulta saludable por ser una rotunda afirmación. Es todo un canto a la misericordia de Dios que tanto facilita la misericordia de los hombres. Pero además neutraliza -¡y con que brío!- la tentación del anonimato en la relación esencial hombre-Dios. Ciertamente la profunda paz que lleva consigo la Confesión, en cuanto vivencia de que Dios goza perdonado, conquistándonos mediante el amor, resulta mucho más convincente si ese "feliz encuentro" es personal, y no junto a toda la parentela...

Cuando por una errónea interpretación empezaron a menudear las absoluciones colectivas, reconozco que sentí profunda desazón. Quizá la causa era la costumbre de ser tratado como persona única e irrepetible a la hora de obtener ese perdón que es alegría y confianza ante la vida. Y además, obtenerlo con una delicadeza y un pudor por parte de los sacerdotes que, de por sí, me confirmaban en la presencia de un Dios Padre y Omnipotente. íYa querrían los cirujanos sanar los tumores sin herir al paciente, como se sanan los tumores del alma en el confesionario!

A la vista de este "toque de atención" tan paterno, sólo puedo decir que los católicos y los hombres y mujeres de buena voluntad estamos de enhorabuena una vez más, y gracias a Juan Pablo II y a sus fieles colaboradores, en primer lugar los Obispos. Con los Sacramentos, no en vano son "productos divinos", no hay fechas de caducidad ni oscilaciones de mercado. Son lo que son y así permanecen; y cuando nos despistamos, antes o después, el Padre universal de la gran Familia católica, el Papa, hace "una de las suyas, es decir, "una del Espíritu Santo», recordándonos que el "manual de instrucciones" lo redactó para siempre un Hombre que era Dios, Jesucristo. Bendito Papa anciano.