LA FAMILIA CRISTIANA: UNA BUENA NUEVA PARA EL TERCER MILENIO
Temas de reflexión y diálogo como preparación al IV Encuentro Mundial de las Familias, Consejo Pontificio para la Familia (2002-08-27)
En la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un
hombre y una mujer —relación recíproca y total, única e indisoluble— responde al
proyecto primitivo de Dios, ofuscado en la historia por la «dureza de corazón»,
pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario, revelando lo
que Dios ha querido «desde el principio» (cf. Mt 19,8). En el matrimonio,
elevado a la dignidad de Sacramento, se expresa además el «gran misterio» del
amor esponsal de Cristo a su Iglesia (cf. Ef 5,32).
En este punto la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura,
aunque sea muy extendida y a veces «militante». Conviene más bien procurar que,
mediante una educación evangélica cada vez más completa, las familias cristianas
ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de
manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de
la persona humana: tanto la de los cónyuges como, sobre todo, la de los más
frágiles que son los hijos. Las familias mismas deben ser cada vez más
conscientes de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de una eficaz
presencia eclesial y social para tutelar sus derechos.
Corresponde también a los cristianos el deber de anunciar con alegría y
convicción la «buena nueva» sobre la familia, que tiene absoluta necesidad de
escuchar siempre de nuevo y de entender cada vez mejor las palabras auténticas
que le revelan su identidad, sus recursos interiores.
PRESENTACIÓN
He aquí el subsidio que ofrecemos, a la misma manera de los
precedentes Encuentros Mundiales, como instrumento de reflexión y de meditación,
de diálogo y de oración, en preparación del IV Encuentro Mundial de las
Familias, que tendrá lugar en Manila (Filipinas) los días 25 y 26 de enero de
2003.
Este IV Encuentro Mundial es continuación del primero, efectuado en Roma durante
el Año de la Familia (1994), del segundo, que tuvo lugar en Río de Janeiro en el
1997, y del tercero, celebrado en Roma en el mes de octubre de 2000 (Jubileo de
las Familias).
El lema inspirador: «La familia cristiana: una buena nueva para el tercer
milenio», ha sido escogido por el Santo Padre Juan Pablo II. Su Santidad, en la
Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, dice: «La relación entre un hombre y
una mujer —relación recíproca y total, única e indisoluble— responde al proyecto
primitivo de Dios».Como consecuencia, continúa el Papa, «en este punto la
Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura, aunque sea muy
extendida y a veces militante»(n. 47). Este misterio del «principio», revelado a
los cónyuges en el amor de Cristo a su Iglesia, es acogido en la Palabra y en el
sacramento y los hace testigos de la Buena Nueva en la vida de familia.
Las fichas que siguen, en número de 12, desarrollan las temáticas más
significativas relacionadas con la familia cristiana como buena nueva. Las
propuestas presentadas, en forma sintética y fácil, reproponen temas
fundamentales de la enseñanza de la Iglesia y han sido extraídas, casi siempre
textualmente, de los documentos más recientes, especialmente del Concilio
Vaticano II y del Pontificado de Juan Pablo II.
Estos subsidios pueden ser utilizados como guías por los agentes de pastoral
familiar, en un encuentro de reflexión y de diálogo, a realizarse
preferentemente en las asambleas familiares, adaptando los temas a las diversas
culturas y a los contextos sociales locales. Estas asambleas familiares
consisten en reuniones de grupos de familias, padres e hijos, durante las
cuales, con la ayuda de un guía se reflexiona sobre los temas propuestos.
La estructura de cada reunión es muy sencilla: después de un canto para comenzar
y de la oración del Padre Nuestro, se lee un trozo de las Sagradas Escrituras.
Se pasa entonces a la lectura del tema y seguidamente el sacerdote o el guía
pueden hacer una breve reflexión que introduzca al diálogo de los participantes
y a la adopción de un compromiso. La reunión termina con la recitación del Ave
María, de la Plegaria por la Familia y con un canto final.
Los temas de reflexión y diálogo son adecuados para la preparación a las
temáticas del Encuentro Mundial de las Familias, sea para aquellos que llegarán
a Manila para el 25 y 26 de enero de 2003, como para aquellas familias que
celebrarán el Encuentro en las respectivas Diócesis.
* * * * *
ÍNDICE
I. La familia acoge y anuncia la Buena Nueva
II. La familia cristiana, testigo de la alianza pascual
III. La familia, corazón de la evangelización
IV. La familia cristiana, iglesia doméstica
V. La santidad de la familia al servicio del Evangelio
VI. La Eucaristía, signo y alimento para el amor conyugal sin
límites
VII. Reconciliación y perdón en la familia
VIII. La familia, comunidad de oración
IX. La familia, núcleo y fuente de bien social
X. La familia y el amor por los más débiles
XI. La familia prepara y sigue a las familias jóvenes
XII. La familia, santuario de la vida
* * * * *
I. LA FAMILIA ACOGE Y ANUNCIA LA BUENA NUEVA
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del
alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le
acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento. Había en la
misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante
la noche su rebaño. Se les presentó el Angel del Señor, y la gloria del Señor
los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: "No temáis,
pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido
hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os
servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un
pesebre." Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial,
que alababa a Dios, diciendo: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a
los hombres en quienes él se complace."» (Lucas 2, 6-14).
Reflexión
La Iglesia Madre engendra, educa, edifica la familia cristiana. Con el
anuncio de la Palabra de Dios, revela a la familia cristiana su verdadera
identidad, lo que es y debe ser según el plan del Señor; con la celebración de
los sacramentos, la Iglesia enriquece y corrobora a la familia cristiana con la
gracia de Cristo; con la renovada proclamación del mandamiento nuevo de la
caridad, la Iglesia anima y guía a la familia cristiana al servicio del amor,
para que imite y reviva el mismo amor de donación y sacrificio que el Señor
Jesús nutre hacia toda la humanidad.
La familia acoge y anuncia la Palabra
Por su parte la familia cristiana está insertada de tal forma en el misterio de
la Iglesia que participa, a su manera, en la misión de salvación que es propia
de la Iglesia: acoge y anuncia la Palabra de Dios. Se hace así, cada día más,
una comunidad creyente y evangelizadora.
También a los esposos y padres cristianos se exige la obediencia a la fe (cf. Rm
16, 26), ya que son llamados a acoger la Palabra del Señor que les revela la
estupenda novedad —la Buena Nueva— de su vida conyugal y familiar, que Cristo ha
hecho santa y santificadora. En efecto, solamente mediante la fe ellos pueden
descubrir y admirar con gozosa gratitud a qué dignidad ha elevado Dios el
matrimonio y la familia, constituyéndolos en signo y lugar de la alianza de amor
entre Dios y los hombres, entre Jesucristo y la Iglesia esposa suya.
La misma preparación al matrimonio cristiano se califica ya como un itinerario
de fe. Es, en efecto, una ocasión privilegiada para que los novios vuelvan a
descubrir y profundicen la fe recibida en el Bautismo y alimentada con la
educación cristiana. De esta manera reconocen y acogen libremente la vocación a
vivir el seguimiento de Cristo y el servicio al Reino de Dios en el estado
matrimonial.
En la vida diaria de cada jornada
El momento fundamental de la fe de los esposos está en la celebración del
sacramento del matrimonio, que en el fondo de su naturaleza es la proclamación,
dentro de la Iglesia, de la Buena Nueva sobre el amor conyugal. Es la Palabra de
Dios que «revela» y «culmina» el proyecto sabio y amoroso que Dios tiene sobre
los esposos, llamados a la misteriosa y real participación en el amor mismo de
Dios hacia la humanidad. Si la celebración sacramental del matrimonio es una
proclamación de la Palabra de Dios, hecha dentro y con la Iglesia, comunidad de
creyentes, ha de ser también continuada en la vida de los esposos y de la
familia. En efecto, Dios que ha llamado a los esposos «al» matrimonio, continúa
a llamarlos «en el» matrimonio. Dentro y a través de los hechos, los problemas,
las dificultades, los acontecimientos de la existencia de cada día, Dios viene a
ellos, revelando y proponiendo las «exigencias» concretas de su participación en
el amor de Cristo por su Iglesia, de acuerdo con la particular situación
—familiar, social y eclesial— en la que se encuentran.
En la medida en que la familia cristiana acoge el Evangelio y madura en la fe,
se hace comunidad evangelizadora. La familia, al igual que la Iglesia, debe ser
un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia.
Dentro pues de una familia consciente de esta misión, todos los miembros de la
misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a los hijos
el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio
profundamente vivido. Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas
familias y del ambiente en que ella vive.
En el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es imposible dejar de
subrayar la acción evangelizadora de la familia. En efecto, la futura
evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica. Esta actividad
apostólica de la familia está enraizada en el Bautismo y recibe con la gracia
sacramental del matrimonio una nueva fuerza para transmitir la fe, para
santificar y transformar la sociedad actual según el plan de Dios. El porvenir
de la humanidad está en manos de las familias que saben dar a las generaciones
venideras razones para vivir y razones para esperar.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
II. LA FAMILIA CRISTIANA, TESTIGO DE LA ALIANZA PASCUAL
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a
sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua,
en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que
tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así
deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su
mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes
bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues
somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y
se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste,
lo digo respecto a Cristo y la Iglesia. En todo caso, en cuanto a vosotros, que
cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido» (Ef
5, 25-33).
Reflexión
La familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser
testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la
alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón: la
familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del reino de
Dios como la esperanza de la vida bienaventurada.
Signo de la Alianza Pascual
La Iglesia profesa que el matrimonio, como sacramento de la alianza de los
esposos, es un «gran misterio», ya que en él se manifiesta el amor esponsal de
Cristo por su Iglesia. Dice san Pablo: «Maridos, amad a vuestras mujeres como
Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla,
purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra» (Ef 5, 25-26).
El Apóstol se refiere aquí al bautismo, del cual trata ampliamente en la carta a
los Romanos, presentándolo como participación en la muerte de Cristo para
compartir su vida (cf. Rm 6, 3-4). En este sacramento el creyente nace como
hombre nuevo, pues el bautismo tiene el poder de transmitir una vida nueva, la
vida misma de Dios. El misterio de Dios-hombre se compendia, en cierto modo, en
el acontecimiento bautismal: «Jesucristo nuestro Señor, Hijo de Dios —dirá más
tarde san Ireneo, y con él varios Padres de la Iglesia de Oriente y de
Occidente— se hizo hijo del hombre para que el hombre pudiera llegar a ser hijo
de Dios» (cf. Adversus haereses III, 10, 2: PG 7, 873).
Cristo Esposo de la Iglesia
Hay ciertamente un nuevo modo de presentar la verdad eterna sobre el matrimonio
y la familia a la luz de la nueva alianza. Cristo la reveló en el evangelio, con
su presencia en Caná de Galilea, con el sacrificio de la cruz y los sacramentos
de su Iglesia. Así, los esposos tienen en Cristo un punto de referencia para su
amor esponsal. Al hablar de Cristo esposo de la Iglesia, san Pablo se refiere de
modo análogo al amor esponsal y alude al libro del Génesis: «Por eso dejará el
hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne»
(Gn 2, 24). Éste es el «gran misterio» del amor eterno ya presente antes en la
creación, revelado en Cristo y confiado a la Iglesia. «Gran misterio es éste
—repite el Apóstol—, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5, 32). No se
puede, pues, comprender a la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, como signo
de la alianza del hombre con Dios en Cristo, como sacramento universal de
salvación, sin hacer referencia al «gran misterio», unido a la creación del
hombre varón y mujer, y a su vocación para el amor conyugal, a la paternidad y a
la maternidad. No existe el «gran misterio», que es la Iglesia y la humanidad en
Cristo, sin el «gran misterio» expresado en el ser «una sola carne» (cf. Gn 2,
24; Ef 5, 31-32), es decir, en la realidad del matrimonio y de la familia.
Familia, gran misterio
La familia misma es el gran misterio de Dios. Como «iglesia doméstica», es la
esposa de Cristo. La Iglesia universal, y dentro de ella cada Iglesia
particular, se manifiesta más inmediatamente como esposa de Cristo en la
«iglesia doméstica» y en el amor que se vive en ella: amor conyugal, amor
paterno y materno, amor fraterno, amor de una comunidad de personas y de
generaciones. ¿Acaso se puede imaginar el amor humano sin el esposo y sin el
amor con que él amó primero hasta el extremo? Sólo si participan en este amor y
en este «gran misterio» los esposos pueden amar «hasta el extremo»: o se hacen
partícipes del mismo, o bien no conocen verdaderamente lo que es el amor y la
radicalidad de sus exigencias.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
III. LA FAMILIA, CORAZÓN DE LA EVANGELIZACIÓN
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por
toda la región. El iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. Vino a
Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el
día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del
profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres
la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la
vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de
gracia del Señor» (Lc 4, 14-19)
Reflexión
Entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se halla el
eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio de la edificación del Reino
de Dios en la historia, mediante la participación en la vida y misión de la
Iglesia. Está llamada a tomar parte viva y responsable en la misión de la
Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo a servicio de la Iglesia
y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y de
amor.
Comunidad de vida y amor
Si la familia cristiana es comunidad cuyos vínculos son renovados por Cristo
mediante la fe y los sacramentos, su participación en la misión de la Iglesia
debe realizarse según una modalidad comunitaria; juntos, pues, los cónyuges en
cuanto pareja, y los padres e hijos en cuanto familia, han de vivir su servicio
a la Iglesia y al mundo. Deben ser en la fe «un corazón y un alma sola» (Hch 4,
32), mediante el común espíritu apostólico que los anima y la colaboración que
los empeña en las obras de servicio a la comunidad eclesial y civil.
La familia cristiana edifica además el Reino de Dios en la historia mediante
esas mismas realidades cotidianas que tocan y distinguen su condición de vida.
Es por ello en el amor conyugal y familiar —vivido en su extraordinaria riqueza
de valores y exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y fecundidad— donde se
expresa y realiza la participación de la familia cristiana en la misión
profética, sacerdotal y real de Jesucristo y de su Iglesia. El amor y la vida
constituyen por lo tanto el núcleo de la misión salvífica de la familia
cristiana en la Iglesia y para la Iglesia.
Familia, sujeto de evangelización
Lo recuerda también el Concilio Vaticano II cuando dice que la familia hará
partícipes a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es
como la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y
participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a
todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la
Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los
esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros.
Participando así en la vida y en la misión eclesial, la familia está llamada a
desempeñar su deber educativo en la Iglesia. Ésta desea educar sobre todo por
medio de la familia, habilitada para ello por el sacramento, con la correlativa
«gracia de estado» y el específico «carisma» de la comunidad familiar.
La educación religiosa
Uno de los campos en los que la familia es insustituible es ciertamente el de la
educación religiosa, gracias a la cual la familia crece como «iglesia
doméstica». La educación religiosa y la catequesis de los hijos sitúan a la
familia en el ámbito de la Iglesia como un verdadero sujeto de evangelización y
de apostolado. Se trata de un derecho relacionado íntimamente con el principio
de la libertad religiosa. Las familias, y más concretamente los padres, tienen
la libre facultad de escoger para sus hijos un determinado modelo de educación
religiosa y moral, de acuerdo con las propias convicciones. Pero incluso cuando
confían estos cometidos a instituciones eclesiásticas o a escuelas dirigidas por
personal religioso, es necesario que su presencia educativa siga siendo
constante y activa.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
IV. LA FAMILIA CRISTIANA, IGLESIA DOMÉSTICA
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea,
llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa
de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: "Alégrate,
llena de gracia, el Señor está contigo." Ella se conturbó por estas palabras, y
discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: "No temas, María,
porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar
a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado
Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará
sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin"» (Lc 1, 26-33).
Reflexión
Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y
de María. La Iglesia no es otra cosa que la «familia de Dios». Desde sus
orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, con
toda su casa, habían llegado a ser creyentes (cf. Hch 18,8). Cuando se
convertían deseaban también que se salvase toda su casa (cf. Hch 16,31 y 11,14).
Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no
creyente.
En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe,
las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una
fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con
una antigua expresión, «Ecclesia domestica» - Iglesia doméstica (LG, 11; cf. FC,
21). En el seno de la familia, los padres han de ser para sus hijos los primeros
anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la
vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida
consagrada.
Sacerdocio bautismal y catequesis familiar
Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del
padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la
familia, en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de
gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se
traduce en obras. El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y escuela
del más rico humanismo. Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el
amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto
divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.
La absoluta necesidad de la catequesis familiar surge con singular fuerza en
determinadas situaciones, que la Iglesia constata por desgracia en diversos
lugares: en los lugares donde una legislación antirreligiosa pretende incluso
impedir la educación en la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha penetrado
el secularismo hasta el punto de resultar prácticamente imposible una verdadera
creencia religiosa, la «Iglesia doméstica» es el único ámbito donde los niños y
los jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis.
Apertura a los lejanos
La familia es la Iglesia doméstica llamada también a ser un signo luminoso de la
presencia de Cristo y de su amor incluso para los «alejados», para las familias
que no creen todavía y para las familias cristianas que no viven coherentemente
la fe recibida. Está llamada con su ejemplo y testimonio a iluminar a los que
buscan la verdad. Así como ya al principio del cristianismo Aquila y Priscila
(cf. Hch 18; Rm 16, 3-4), así la Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y
vigor con la presencia de cónyuges y familias cristianas que, al menos durante
un cierto período de tiempo, van a tierras de misión a anunciar el Evangelio,
sirviendo al hombre por amor de Jesucristo.
Muchas personas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones
de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las
bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas
es preciso abrirles las puertas de los hogares, «iglesias domésticas» y las
puertas de la gran familia que es la Iglesia. Nadie se sienta sin familia en
este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos
están «fatigados y agobiados» (Mt 11, 28).
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
V. LA SANTIDAD DE LA FAMILIA AL SERVICIO DEL EVANGELIO
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les
echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a
quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: "Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se
salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a
los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas,
agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño;
impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien"» (Mc 16, 14-18).
Reflexión
Mediante el sacramento del matrimonio, en el cual está enraizada y de la
que se alimenta, la familia es vivificada continuamente por el Señor y es
llamada e invitada al diálogo con Dios mediante la vida sacramental, el
ofrecimiento de la propia vida y oración.
Fuente y medio original de santificación propia para los cónyuges y para la
familia cristiana es el sacramento del matrimonio, que presupone y especifica la
gracia santificadora del bautismo. En virtud del misterio de la muerte y
resurrección de Cristo, en el que el matrimonio cristiano se sitúa de nuevo, el
amor conyugal es purificado y santificado: el Señor se ha dignado sanar este
amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad.
Jesús permanece con ellos
El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del
matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia.
Jesucristo permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se
amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por
ella... Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de
estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con
cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de
Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más
a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente,
a la glorificación de Dios.
La vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y
padres cristianos. Para ellos está especificada por el sacramento celebrado y
traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y
familiar. De ahí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y profunda
espiritualidad conyugal y familiar, que ha de inspirarse en los motivos de la
creación, de la alianza, de la cruz, de la resurrección y del signo.
Testigos del «Evangelio de la familia»
Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de vivir
cotidianamente la santificación recibida, del mismo sacramento brotan también la
gracia y el compromiso moral de transformar toda su vida en un continuo
sacrificio espiritual. También a los esposos y padres cristianos, de modo
especial en esas realidades terrenas y temporales que los caracterizan, se
aplican las palabras del Concilio: también los laicos, como adoradores que en
todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios.
En nuestra época, como en el pasado, no faltan testigos del «evangelio de la
familia», aunque no sean conocidos o no hayan sido proclamados santos por la
Iglesia. Es sobre todo a los testigos a quienes, en la Iglesia, se confía el
tesoro de la familia: a los padres y madres, hijos e hijas, que a través de la
familia han encontrado el camino de su vocación humana y cristiana, la dimensión
del «hombre interior» (Ef 3, 16), de la que habla el Apóstol, y han alcanzado
así la santidad. La Sagrada Familia es el comienzo de muchas otras familias
santas. El Concilio ha recordado que la santidad es la vocación universal de los
bautizados.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
VI. LA EUCARISTÍA, SIGNO Y ALIMENTO PARA EL AMOR CONYUGAL SIN LÍMITES
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Jesús les dijo: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del
Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come
mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi
carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que
vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por
mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y
murieron; el que coma este pan vivirá para siempre"» (Jn 6, 53-58).
Reflexión
Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la
Confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos de toda vida cristiana.
La participación en la naturaleza divina que los hombres reciben como don
mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el
crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en
el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y finalmente, son
alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio
de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más
abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la
caridad.
Raíz y fuerza de la alianza conyugal
La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia
de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el
antídoto más natural contra la dispersión. Es el lugar privilegiado donde la
comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la
participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la
Iglesia.
El deber de santificación de la familia cristiana tiene su primera raíz en el
bautismo y su expresión máxima en la Eucaristía, a la que está íntimamente unido
el matrimonio cristiano.
La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el
sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia,
en cuanto sellada con la sangre de la cruz (cf. Jn 19, 34). Y en este sacrificio
de la Nueva y Eterna Alianza los cónyuges cristianos encuentran la raíz de la
que brota, que configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza
conyugal. En cuanto representación del sacrificio de amor de Cristo por su
Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad. Y en el don eucarístico de la
caridad la familia cristiana halla el fundamento y el alma de su «comunión» y de
su «misión», ya que el Pan eucarístico hace de los diversos miembros de la
comunidad familiar un único cuerpo, revelación y participación de la más amplia
unidad de la Iglesia; además, la participación en el Cuerpo «entregado» y en la
Sangre «derramada» de Cristo se hace fuente inagotable del dinamismo apostólico
de la familia cristiana.
Potencia educativa de la Eucaristía
La Eucaristía es un sacramento verdaderamente admirable. En él se ha quedado
Cristo mismo como alimento y bebida, como fuente de poder salvífico para
nosotros. Nos lo ha dejado para que tuviéramos vida y la tuviéramos en
abundancia (cf. Jn 10, 10): la vida que tiene él y que nos ha transmitido con el
don del Espíritu, resucitando al tercer día después de la muerte. Es
efectivamente para nosotros la vida que procede de él. Cristo está cerca. Y
todavía más, él es el Emmanuel, Dios con nosotros, cuando os acercáis a la mesa
eucarística. Puede suceder que, como en Emaús, se le reconozca solamente en la
«fracción del pan» (cf. Lc 24, 35). A veces también él está durante mucho tiempo
ante la puerta y llama, esperando que la puerta se abra para poder entrar y
cenar con nosotros (cf. Ap 3, 20). Su última cena y sus palabras pronunciadas
entonces conservan toda la fuerza y la sabiduría del sacrificio de la cruz. No
existe otra fuerza ni otra sabiduría por medio de las cuales podamos salvarnos y
podamos contribuir a salvar a los demás. No hay otra fuerza ni otra sabiduría
mediante las cuales vosotros, padres, podáis educar a vuestros hijos y también a
vosotros mismos. La fuerza educativa de la Eucaristía se ha consolidado a través
de las generaciones y de los siglos.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
VII. RECONCILIACIÓN Y PERDÓN EN LA FAMILIA
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos,
habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz:
el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la
enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos,
para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y
reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en
sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que
estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos
libre acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2, 13-18).
Reflexión
Parte esencial y permanente del cometido de santificación de la familia
cristiana es la acogida de la llamada evangélica a la conversión, dirigida a
todos los cristianos que no siempre permanecen fieles a la «novedad» del
bautismo que los ha hecho «santos». Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios
como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y
también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las
relaciones con los demás y con el resto de la creación. Tampoco la familia es
siempre coherente con la ley de la gracia y de la santidad bautismal, proclamada
nuevamente en el sacramento del matrimonio.
Conflictos y reconciliación en familia
La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran
espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad
de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la
reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las
tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la
propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida
familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia está llamada por el Dios de la paz
a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la «reconciliación», esto es, de
la comunión reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular la
participación en el sacramento de la reconciliación y en el banquete del único
Cuerpo de Cristo ofrece a la familia cristiana la gracia y la responsabilidad de
superar toda división y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida por
Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del Señor: que «todos sean una sola
cosa» (Jn 17, 21).
Sacramento de la Penitencia y paz en familia
El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que tanta parte
tienen en la vida cotidiana, hallan su momento sacramental específico en la
Penitencia cristiana. Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía Pablo VI
en la encíclica Humanae vitae: «Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se
desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de
Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia» (n. 25).
Hay que descubrir a Cristo como mysterium pietatis, en el que Dios nos muestra
su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo. Éste es el rostro
de Cristo que conviene hacer descubrir también a través del sacramento de la
penitencia que, para un cristiano, es el camino ordinario para obtener el perdón
y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo.
La celebración de este sacramento adquiere un significado particular para la
vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el pecado
contradice no sólo la alianza con Dios, sino también la alianza de los cónyuges
y la comunión de la familia, los esposos y todos los miembros de la familia son
alentados al encuentro con Dios «rico en misericordia» (Ef 2, 4), el cual,
infundiendo su amor más fuerte que el pecado, reconstruye y perfecciona la
alianza conyugal y la comunión familiar.
Esta capacidad depende de la gracia divina del perdón y de la reconciliación,
que asegura la energía espiritual para empezar siempre de nuevo. Precisamente
por esto, los miembros de la familia necesitan encontrar a Cristo en la Iglesia
a través del admirable sacramento de la penitencia y de la reconciliación.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
VIII. LA FAMILIA, COMUNIDAD DE ORACIÓN
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo
el que pide recibe; el que busca, halla; y al llama, se le abrirá. ¿O hay acaso
alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide
un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas
buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará
cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7, 7-11).
Reflexión
La oración hace que el Hijo de Dios habite en medio de nosotros. A los
miembros de la familia cristiana pueden aplicarse de modo particular las
palabras con las cuales el Señor Jesús promete su presencia: «Os digo en verdad
que si dos de vosotros conviniéreis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os
lo otorgará mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 19-20).
La oración abre al amor hacia los hermanos
En realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en el
matrimonio-sacramento, constituye para los cónyuges y para la familia el
fundamento de una vocación, mediante la cual su misma existencia cotidiana se
transforma en «sacrificio espiritual aceptable a Dios por Jesucristo» (cf. 1 Pe
2, 5). Las comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas «escuelas
de oración», donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición
de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación,
escucha y viveza de afecto hasta el «arrebato» del corazón. Una oración intensa,
pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el
corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace
capaces de construir la historia según el designio de Dios.
La educación de los hijos a la oración
Los padres cristianos tienen el deber específico de educar a sus hijos en la
plegaria, de introducirlos progresivamente al descubrimiento del misterio de
Dios y del coloquio personal con Él: sobre todo en la familia cristiana,
enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa
que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a
amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo.
La plegaria familiar tiene características propias. Es una oración hecha en
común, marido y mujer juntos, padres e hijos juntos. La comunión en la plegaria
es a la vez fruto y exigencia de esa comunión que deriva de los sacramentos del
bautismo y del matrimonio. Elemento fundamental e insustituible de la educación
a la oración es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres; sólo
orando junto con sus hijos, el padre y la madre, mientras ejercen su propio
sacerdocio real, calan profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas
que los posteriores acontecimientos de la vida no lograrán borrar.
Es significativo que, precisamente en la oración y mediante la oración, el
hombre descubra de manera sencilla y profunda su propia subjetividad típica: en
la oración el «yo» humano percibe más fácilmente la profundidad de su ser como
persona. Esto es válido también para la familia, que no es solamente la «célula»
fundamental de la sociedad, sino que tiene también su propia subjetividad, la
cual encuentra precisamente su primera y fundamental confirmación y se consolida
cuando sus miembros invocan juntos: «Padre nuestro». La oración refuerza la
solidez y la cohesión espiritual de la familia, ayudando a que ella participe de
la «fuerza» de Dios.
La oración en familia y la oración litúrgica
Una finalidad importante de la plegaria de la Iglesia doméstica es la de
constituir para los hijos la introducción natural a la oración litúrgica propia
de toda la Iglesia. De aquí deriva la necesidad de una progresiva participación
de todos los miembros de la familia cristiana en la Eucaristía, sobre todo los
domingos y días festivos, y en los otros sacramentos, de modo particular en los
de la iniciación cristiana de los hijos.
La Liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo
tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza. Por tanto, es el lugar
privilegiado de la catequesis del Pueblo de Dios. La catequesis está
intrínsecamente unida a toda la acción litúrgica y sacramental, porque es en los
sacramentos, y sobre todo en la Eucaristía, donde Jesucristo actúa en plenitud
para la transformación de los hombres.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
IX. LA FAMILIA, NÚCLEO Y FUENTE DEL BIEN SOCIAL
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la
fracción del pan y a las oraciones. El temor se apoderaba de todos, pues los
apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los creyentes vivían
unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían
el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos
los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas
y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y
gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la
comunidad a los que se habían de salvar» (Hch, 2, 42-47).
Reflexión
La familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque
constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a
la vida. En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en
ella la primera escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y
del desarrollo de la sociedad misma. Así la familia, en virtud de su naturaleza
y vocación, lejos de encerrarse en sí misma, se abre a las demás familias y a la
sociedad, asumiendo su función social.
La familia: sujeto social
En efecto, la familia es una comunidad de personas, para las cuales el propio
modo de existir y vivir juntos es la comunión: communio personarum (comunión de
personas). Por eso la familia es la primera y fundamental escuela de socialidad;
como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y
hace crecer. El don de sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone
como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre
hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la
familia. La comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los
momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y
eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el
horizonte más amplio de la sociedad.
Todo niño es un don a los hermanos, hermanas, padres, a toda la familia. Su vida
se convierte en don para los mismos donantes de la vida, los cuales no dejarán
de sentir la presencia del hijo, su participación en la vida de ellos, su
aportación a su bien común y al de la comunidad familiar. Verdad, ésta, que es
obvia en su simplicidad y profundidad, no obstante la complejidad, y también la
eventual patología, de la estructura psicológica de ciertas personas. El bien
común de toda la sociedad está en el hombre que, como se ha recordado, es «el
camino de la Iglesia».
La misma experiencia de comunión y participación, que debe caracterizar la vida
diaria de la familia, representa su primera y fundamental aportación a la
sociedad. Las relaciones entre los miembros de la comunidad familiar están
inspiradas y guiadas por la ley de la «gratuidad» que, respetando y favoreciendo
en todos y cada uno la dignidad personal como único título de valor, se hace
acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio
generoso y solidaridad profunda.
Primera escuela de socialidad
Así la promoción de una auténtica y madura comunión de personas en la familia se
convierte en la primera e insustituible escuela de socialidad, ejemplo y
estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en un clima de respeto,
justicia, diálogo y amor. De este modo la familia constituye el lugar natural y
el instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la sociedad:
colabora de manera original y profunda en la construcción del mundo, haciendo
posible una vida propiamente humana, en particular custodiando y transmitiendo
las virtudes y los «valores».
Como consecuencia, de cara a una sociedad que corre el peligro de ser cada vez
más despersonalizada y masificada, y por tanto inhumana y deshumanizadora, con
los resultados negativos de tantas formas de «evasión» —como son, por ejemplo,
el alcoholismo, la droga y el mismo terrorismo—, la familia posee y comunica
todavía hoy energías formidables capaces de sacar al hombre del anonimato, de
mantenerlo consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda
humanidad y de inserirlo activamente con su unicidad e irrepetibilidad en el
tejido de la sociedad.
Derechos de la familia y derecho a la vida
La solidaridad requiere también ser llevada a cabo mediante formas de
participación social y política. En consecuencia, servir el Evangelio de la vida
supone que las familias, participando especialmente en asociaciones familiares,
trabajen para que las leyes e instituciones del Estado no violen de ningún modo
el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, sino que la
defiendan y promuevan.
La Carta de los Derechos de la Familia, evidentemente, se dirige también a las
familias mismas: ella trata de fomentar en el seno de aquéllas la conciencia de
la función y del puesto irreemplazable de la familia; desea estimular a las
familias a unirse para la defensa y la promoción de sus derechos; las anima a
cumplir su deber de tal manera que el papel de la familia sea más claramente
comprendido y reconocido en el mundo actual.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
X. LA FAMILIA Y EL AMOR POR LOS MÁS DÉBILES
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Pasando de allí Jesús vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se
sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos,
mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y él los curó. De suerte que la
gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban
curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaron al Dios de
Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Siento compasión de la gente,
porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Y no
quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino." Le dicen
los discípulos: "¿Cómo hacernos en un desierto con pan suficiente para saciar a
una multitud tan grande?". Díceles Jesús: "¿Cuántos panes tenéis?". Ellos
dijeron: "Siete, y unos pocos pececillos." El mandó a la gente acomodarse en el
suelo. Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba
dándolos a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos y se
saciaron, y de los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas. Y los que
habían comido eran cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños. Despidiendo
luego a la muchedumbre, subió a la barca, y se fue al término de Magadán» (Mt
15, 29-39).
Reflexión
La función social de la familia no puede ciertamente reducirse a la acción
procreadora y educativa, aunque encuentra en ella su primera e insustituible
forma de expresión. Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por
tanto dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente en favor de los
pobres y de todas aquellas personas y situaciones, a las que no logra llegar la
organización de previsión y asistencia de las autoridades públicas. La
aportación social de la familia tiene su originalidad, que exige se la conozca
mejor y se la apoye más decididamente, sobre todo a medida que los hijos crecen,
implicando de hecho lo más posible a todos sus miembros.
Apertura solidaria a todos los hombres como hermanos
Animada y sostenida por el mandamiento nuevo del amor, la familia cristiana vive
la acogida, el respeto, el servicio a cada hombre, considerado siempre en su
dignidad de persona y de hijo de Dios. La caridad va más allá de los propios
hermanos en la fe, ya que «cada hombre es mi hermano»; en cada uno, sobre todo
si es pobre, débil, si sufre o es tratado injustamente, la caridad sabe
descubrir el rostro de Cristo y un hermano a amar y servir. La familia cristiana
se pone al servicio del hombre y del mundo, actuando de verdad aquella
«promoción humana»: otro cometido de la familia es el de formar los hombres al
amor y practicar el amor en toda relación humana con los demás, de tal modo que
ella no se encierre en sí misma, sino que permanezca abierta a la comunidad,
inspirándose en un sentido de justicia y de solicitud hacia los otros,
consciente de la propia responsabilidad hacia toda la sociedad.
En especial hay que destacar la importancia cada vez mayor que en nuestra
sociedad asume la hospitalidad, en todas sus formas, desde el abrir la puerta de
la propia casa, y más aún la del propio corazón, a las peticiones de los
hermanos, al compromiso concreto de asegurar a cada familia su casa, como
ambiente natural que la conserva y la hace crecer. Sobre todo, la familia
cristiana está llamada a escuchar el consejo del Apóstol: «Sed solícitos en la
hospitalidad» (Rm 12,13), y por consiguiente en practicar la acogida del hermano
necesitado, imitando el ejemplo y compartiendo la caridad de Cristo: «El que
diere de beber a uno de estos pequeños sólo un vaso de agua fresca porque es mi
discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa» (Mt 10, 42).
La injusta distribución del bienestar entre los países desarrollados y aquellos
en vías de desarrollo, entre ricos y pobres al interior de una misma nación, el
uso de los recursos naturales a favor de unos pocos, el analfabetismo masivo, la
permanencia y el resurgimiento del racismo, el nacimiento de conflictos étnicos
y conflictos armados tienen, por los general, un efecto devastador sobre la
familia.
El servicio a los pequeños, débiles y pobres
El servicio al Evangelio de la vida se expresa en la solidaridad. Una expresión
particularmente significativa de solidaridad entre las familias es la
disponibilidad a la adopción o a la acogida temporal de niños abandonados por
sus padres o en situaciones de grave dificultad. El verdadero amor paterno y
materno va más allá de los vínculos de carne y sangre acogiendo incluso a niños
de otras familias, ofreciéndoles todo lo necesario para su vida y pleno
desarrollo.
Los Padres de la Iglesia han hablado de la familia como «iglesia doméstica»,
como «pequeña iglesia». «Estar juntos» como familia, ser los unos para los
otros, crear un ámbito comunitario para la afirmación de cada hombre como tal,
de «este» hombre concreto. A veces puede tratarse de personas con limitaciones
físicas o psíquicas, de las cuales prefiere liberarse la sociedad llamada
«progresista». Incluso la familia puede llegar a comportarse como dicha
sociedad. De hecho lo hace cuando se libra fácilmente de quien es anciano o está
afectado por malformaciones o sufre enfermedades. Se actúa así porque falta la
fe en aquel Dios por el cual «todos viven» (Lc 20, 38) y están llamados a la
plenitud de la vida.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
XI. LA FAMILIA PREPARA Y SIGUE A LAS FAMILIAS JÓVENES
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Pasados los dos días, partió de allí para Galilea. Pues Jesús mismo había
afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a
Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo
lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido
a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en
vino. Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando
se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde él y le rogaba
que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: "Si
no veis señales y prodigios, no creéis." Le dice el funcionario: "Señor, baja
antes que se muera mi hijo." Jesús le dice: "Vete, que tu hijo vive." Creyó el
hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando
bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El
les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron:
"Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre." El padre comprobó que era la misma
hora en que le había dicho Jesús: "Tu hijo vive", y creyó él y toda su familia»
(Jn 4, 43-53).
Reflexión
En nuestros días es más necesaria que nunca la preparación de los
jóvenes al matrimonio y a la vida familiar. En algunos países siguen siendo las
familias mismas las que, según antiguas usanzas, transmiten a los jóvenes los
valores relativos a la vida matrimonial y familiar mediante una progresiva obra
de educación o iniciación. Pero los cambios que han sobrevenido en casi todas
las sociedades modernas exigen que no sólo la familia, sino también la sociedad
y la Iglesia se comprometan en el esfuerzo.
La preparación de los hijos al matrimonio
Son notables los esfuerzos e iniciativas emprendidas por la Iglesia de cara a la
preparación para el matrimonio, por ejemplo, los cursillos prematrimoniales.
Todo esto es válido y necesario; pero no hay que olvidar que la preparación para
la futura vida de pareja es cometido sobre todo de la familia. Ciertamente, sólo
las familias espiritualmente maduras pueden afrontar de manera adecuada esta
tarea. Por esto se subraya la exigencia de una particular solidaridad entre las
familias, que puede expresarse mediante diversas formas organizativas, como las
asociaciones de familias para las familias. La institución familiar sale
reforzada de esta solidaridad, que acerca entre sí no sólo a los individuos,
sino también a las comunidades, comprometiéndolas a rezar juntas y a buscar con
la ayuda de todos las respuestas a las preguntas esenciales que plantea la vida.
¿No es ésta una forma maravillosa de apostolado de las familias entre sí? Es
importante que las familias traten de construir entre ellas lazos de
solidaridad. Esto, sobre todo, les permite prestarse mutuamente un servicio
educativo común: los padres son educados por medio de otros padres, los hijos
por medio de otros hijos. Se crea así una peculiar tradición educativa, que
encuentra su fuerza en el carácter de «iglesia doméstica», que es propio de la
familia.
Acompañar las jóvenes familias
Esto vale sobre todo para las familias jóvenes, las cuales, encontrándose en un
contexto de nuevos valores y de nuevas responsabilidades, están más expuestas,
especialmente en los primeros años de matrimonio, a eventuales dificultades,
como las creadas por la adaptación a la vida en común o por el nacimiento de
hijos. Los cónyuges jóvenes sepan acoger cordialmente y valorar inteligentemente
la ayuda discreta, delicada y valiente de otras parejas que desde hace tiempo
tienen ya experiencia del matrimonio y de la familia. De este modo, en seno a la
comunidad eclesial —gran familia formada por familias cristianas— se actuará un
mutuo intercambio de presencia y de ayuda entre todas las familias, poniendo
cada una al servicio de las demás la propia experiencia humana, así como también
los dones de fe y de gracia. Animada por verdadero espíritu apostólico esta
ayuda de familia a familia constituirá una de las maneras más sencillas, más
eficaces y más al alcance de todos para transfundir capilarmente aquellos
valores cristianos, que son el punto de partida y de llegada de toda cura
pastoral. De este modo las jóvenes familias no se limitarán sólo a recibir, sino
que a su vez, ayudadas así, serán fuente de enriquecimiento para las otras
familias, ya desde hace tiempo constituidas, con su testimonio de vida y su
contribución activa.
En la acción pastoral hacia las familias jóvenes, la Iglesia deberá reservar una
atención específica con el fin de educarlas a vivir responsablemente el amor
conyugal en relación con sus exigencias de comunión y de servicio a la vida, así
como a conciliar la intimidad de la vida de casa con la acción común y generosa
para edificación de la Iglesia y la sociedad humana. Cuando, por el advenimiento
de los hijos, la pareja se convierte en familia, en sentido pleno y específico,
la Iglesia estará aún más cercana a los padres para que acojan a sus hijos y los
amen como don recibido del Señor de la vida, asumiendo con alegría la fatiga de
servirlos en su crecimiento humano y cristiano.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
XII. LA FAMILIA, SANTUARIO DE LA VIDA
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que
tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da
su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no
pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo
hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada
las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a
mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las
ovejas» (Jn 10, 10-15).
Reflexión
El cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar
a lo largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la
generación la imagen divina de hombre a hombre (cf. Gn 5, 1-3).
Familia y vida, binomio inseparable
Es, pues, decisiva la responsabilidad de la familia: es una responsabilidad
que brota de su propia naturaleza —la de ser comunidad de vida y de amor,
fundada sobre el matrimonio— y de su misión de custodiar, revelar y comunicar el
amor. Se trata del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como intérpretes en
la transmisión de la vida y en su educación según el designio del Padre son los
padres. Es, pues, el amor que se hace gratuidad, acogida, entrega: en la familia
cada uno es reconocido, respetado y honrado por ser persona y, si hay alguno más
necesitado, la atención hacia él es más intensa y viva.
La familia está llamada a esto a lo largo de la vida de sus miembros, desde el
nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente el santuario de la
vida..., el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de
manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede
desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano. Por esto,
el papel de la familia en la edificación de la cultura de la vida es
determinante e insustituible.
Como iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar, celebrar y servir el
Evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde principalmente a los esposos,
llamados a transmitir la vida, siendo cada vez más conscientes del significado
de la procreación, como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que
la vida humana es un don recibido para ser a su vez dado. En la procreación de
una nueva vida los padres descubren que el hijo, si es fruto de su recíproca
donación de amor, es a su vez un don para ambos: un don que brota del don.
Educar los hijos al respeto a la vida
Es principalmente mediante la educación de los hijos como la familia cumple su
misión de anunciar el Evangelio de la vida. Con la palabra y el ejemplo, en las
relaciones y decisiones cotidianas, y mediante gestos y expresiones concretas,
los padres inician a sus hijos en la auténtica libertad, que se realiza en la
entrega sincera de sí, y cultivan en ellos el respeto del otro, el sentido de la
justicia, la acogida cordial, el diálogo, el servicio generoso, la solidaridad y
los demás valores que ayudan a vivir la vida como un don.
Aun en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de la acción
educativa, los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía en los
valores esenciales de la vida humana. Los hijos deben crecer en una justa
libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y
austero, convencidos de que el hombre vale más por lo que es que por lo que
tiene.
La tarea educadora de los padres cristianos debe ser un servicio a la fe de los
hijos y una ayuda para que ellos cumplan la vocación recibida de Dios. Pertenece
a la misión educativa de los padres enseñar y testimoniar a los hijos el sentido
verdadero del sufrimiento y de la muerte. Lo podrán hacer si saben estar atentos
a cada sufrimiento que encuentren a su alrededor y, principalmente, si saben
desarrollar actitudes de cercanía, asistencia y participación hacia los enfermos
y ancianos dentro del ámbito familiar.
Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la
tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, «nacido de Mujer»,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.
Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.
Haz finalmente,
te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.
Tú, que eres la vida, la Verdad y el Amor,
en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
(Juan Pablo II)
Canto final
Concilio Vaticano II, Constitución pastoral «Gaudium et spes»
(7 de dicembre de 1965)
Pablo VI, Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi» (8 de diciembre de 1975)
Juan Pablo II, Exhortación apostólica «Familiaris consortio» (22 de noviembre de
1981)
Carta de los Derechos de la Familiade la Santa Sede (22 de octubre de 1983)
Catecismo de la Iglesia Católica(21 de noviembre de 1992)
Juan Pablo II, Carta a las Familias «Gratissimam sane» (2 de febrero de 1994)
Juan Pablo II, Carta Encíclica «Evangelium vitae» (25 de marzo de 1995
Juan Pablo II, Carta apostólica «Novo Millennio Ineunte» (6 de enero de 2001)