TOMA DE CONCIENCIA DEL PECADO
Audiencia general del miércoles 8 de mayo
1. Cada semana de la liturgia de Laudes se ve acompasada los viernes por el Salmo 50, el Miserere, el salmo penitencial más querido, cantado y meditado; himno que el pecador arrepentido eleva al Dios misericordioso. Ya tuvimos ocasión, en una catequesis anterior, de presentar el marco general de esta gran oración, que entra en primer lugar en la región tenebrosa del pecado para alumbrarla con la luz del arrepentimiento humano y del perdón divino (cf. vv. 3-11); pasa después a exaltar el don de la gracia divina, que transforma y renueva espíritu y corazón del pecador arrepentido: es ésta una región luminosa, llena de esperanza y confianza (cf. vv. 12-21).
En esta reflexión nuestra nos detendremos, con vistas a algunas consideraciones, en la primera parte del Salmo 50, ahondando en algunos aspectos de la misma. Sin embargo, como apertura, quisiéramos consignar la estupenda proclamación divina del Sinaí, que es como el retrato del Dios cantado por el Miserere: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Misericordioso hasta la milésima generación, que perdona culpa, delito y pecado» (Ex 34, 6-7).
2. La invocación inicial elévase a Dios para obtener el don de la purificación que -como decía el profeta Isaías- blanquea «como nieve» y «como lana» los pecados, que en sí son «como púrpura» y «rojos como escarlata» (cf. Is 1, 18). El Salmista confiesa su pecado con franqueza y sin titubeos: «Yo reconozco mi culpa [...] Contra ti, contra ti solo pequé, / cometí la maldad que aborreces» (Sal 50, 5-6).
Sale, pues, a escena la conciencia personal del pecador que se abre con vistas a percibir con claridad su propio mal. Se trata de una experiencia que implica libertad y responsabilidad y conduce a admitir la ruptura de un vínculo para construir una opción de vida alternativa respecto a la palabra divina. De ella se desprende una decisión radical de cambio. Todo ello se encierra en ese «reconocer», verbo que en hebreo no incluye tan sólo una adhesión intelectual, sino una opción vital.
Es lo que muchos, por desgracia, no llegan a realizar, como nos amonesta Orígenes: «Hay quienes, tras haber pecado, están absolutamente tranquilos y no ponen mientes en su pecado ni les alcanza la conciencia del mal cometido, sino que viven como si nada hubiera pasado. En verdad éstos jamás podrían decir: "Tengo siempre presente mi pecado': Cuando, por el contrario, tras el pecado uno se consuma y aflige por su pecado, se ve atormentado por los remordimientos, desgarrado sin tregua y asaltado en su hondón, que se yergue para confutarlo, puede exclamar con todo derecho: "No hay paz para mis huesos a la vista de mis pecados' [...] Cuando ponemos, pues, la mirada de nuestro corazón en los pecados cometidos, los miramos uno por uno, los reconocemos, nos avergonzamos y arrepentimos de lo que hemos cometido, entonces, turbados y amedrentados, justamente decimos que "no hay paz para nuestros huesos a la vista de nuestros pecados'» (Homilías sobre los Salmos, Florencia, 1991, págs. 277-279). El reconocimiento y la toma de conciencia del pecado es por lo tanto fruto de una sensibilidad adquirida gracias a la luz de la Palabra de Dios.
3. Hay en la confesión del Miserere una precisación especialmente marcada: el pecado no se contempla tan sólo en su dimensión personal y «psicológica», sino que se describe sobre todo en su calidad teológica. «Contra ti, contra ti solo pequé» (Sal 50, 6), exclama el pecador, al que la tradición ha dado las facciones de David, consciente de su adulterio con Betsabé y de la denuncia del profeta Natán contra ese crimen y contra el asesinato del marido de ésta, Urías (cf. v. 2; 2 Sam 11-12).
El pecado no es, por consiguiente, cuestión puramente psicológica o social, sino acontecimiento que menoscaba la relación con Dios al violar su ley, rechazar su proyecto en la historia y trastornar su escala de valores, dando «oscuridad por luz, y luz por oscuridad», es decir llamando «al mal bien, y al bien mal» (cf. Is 5, 20). Antes que una posible injuria al hombre, el pecado es en primer lugar traición a Dios. Emblemáticas resultan las palabras que el hijo pródigo de bienes pronuncia ante su padre, pródigo de amor: «Padre, he pecado contra el cielo -es decir contra Dios- y contra ti» (Lc 15, 21).
4. Llegado a este punto, el Salmista introduce otro aspecto, más directamente relacionado con la situación humana. Se trata de una frase que ha suscitado muchas interpretaciones y que también se ha relacionado con la doctrina del pecado original: «Mira, en la culpa nací, / pecador me concibió mi madre» (Sal 50, 7). Quiere el orante indicar la presencia del mal en todo nuestro ser, como resulta evidente por la referencia a la concepción y al nacimiento, forma de expresarla existencia entera partiendo de su misma fuente. Sin embargo, el Salmista no vincula formalmente esa situación al pecado de Adán y Eva, ya que no habla explícitamente de pecado original.
Con todo, resulta evidente que, según el texto del Salmo, el mal anida en las mismas profundidades del hombre; es inherente en su realidad histórica y por ello resulta decisiva la petición de la intervención de la gracia divina. El poder del amor de Dios supera al del pecado; el río desbordante del mal tiene menos fuerza que el agua fecundadora del perdón: «Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia» (Rm 5, 20).
5. Por este camino, la teología del pecado original y toda la visión bíblica del hombre pecador quedan indirectamente evocadas con palabras que dejan al mismo tiempo vislumbrar la luz de la gracia y de la salvación.
Como tendremos ocasión de descubrir en el futuro volviendo a estudiar este salmo y sus sucesivos versículos, la confesión de la culpa y de la toma de conciencia de la propia miseria no desemboca en el terror o en la pesadilla del juicio, sino en la esperanza de la purificación, de la liberación, de la nueva creación.
Y es que Dios nos salva «no por las obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino que según su propia misericordia nos ha salvado: con el baño del segundo nacimiento, y con la renovación por el Espíritu Santo; Dios lo derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador» (Tt 3, 5-6).
(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA.)