LA VOCACIÓN SACERDOTAL, DON Y MISTERIO

Discurso de Juan Pablo II a los párrocos y al clero de Roma (15-2-02)

Señor cardenal, venerados hermanos en el episcopado, amadísimos sacerdotes romanos:

1. El presente encuentro con el clero romano, que se renueva todos los años al principio de la Cuaresma, constituye una alegría para mi corazón. Saludo con afecto a cada uno de vosotros y os agradezco vuestra presencia y vuestro servicio ala Iglesia de Roma. Saludo y doy las gracias al Cardenal Vicario, al vicegerente, a los obispos auxiliares y a los que habéis tenido a bien dirigirme la palabra.

«Jesús subió ala montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con él. A los doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-15). Al iniciarse el camino cuaresmal, estas palabras del evangelista Marcos que habéis puesto como base del programa pastoral diocesano nos recuerdan a los sacerdotes esa búsqueda de intimidad con el Señor que es para todo cristiano -pero en especial para nosotros secreto de nuestra existencia y fuente de fecundidad de nuestro ministerio.

Las mismas palabras evangélicas bien ponen de relieve el profundo vínculo existente entre la vocación divina, acogida en la obediencia a la fe, y la misión cristiana de ser testigos y heraldos de Cristo, colaboradores humildes pero valientes de su obra de salvación. Bien hacéis, por tanto, en dedicar especial atención a las vocaciones, especialmente a las dirigidas al sacerdocio y ala vida consagrada, en el marco de la gran orientación hacia la misionalidad que caracteriza la vida y la pastoral de nuestra diócesis.

2. Todos sabemos cuán necesarias son las vocaciones para la vida, el testimonio y la acción pastoral de nuestras comunidades eclesiales. Y sabemos también que la disminución de las vocaciones es a menudo, en una diócesis o nación, consecuencia de la reducción de intensidad de la fe y del fervor espiritual. No debemos por tanto conformarnos fácilmente con la explicación según la cual la escasez de las vocaciones sacerdotales se vería compensada por el creciente compromiso de los laicos, o incluso de que así lo dispondría la Providencia para favorecer el crecimiento del laicado. Al contrario, cuanto más numerosos sean los laicos que pretendan vivir con generosidad su vocación bautismal, más necesarias se revelarán la presencia y la labor específica de los ministros ordenados.

No queremos silenciar con ello las dificultades, harto conocidas, que obstaculizan hoy, en Roma como en gran parte del mundo occidental, una respuesta positiva a la llamada del Señor. Y es que se ha vuelto difícil, por muchos motivos, concebir y emprender proyectos grandes y comprometidos de vida que impliquen de manera no parcial y provisional, sino plena y definitiva. Y aún menos fácil resulta a muchas personas concebir semejantes proyectos no ya como algo exclusivamente personal, fruto de sus opciones e ingenio, sino como algo que nace, en primer lugar, de la llamada de Dios, del designio de amor y misericordia que él, desde la eternidad, ha concebido para cada persona.

En la raíz del compromiso de la Iglesia por las vocaciones debe figurar por consiguiente un gran compromiso común que implica tanto a los laicos como a los sacerdotes y religiosos, y que consiste en redescubrir esa dimensión fundamental de nuestra fe en cuya virtud la vida misma, toda vida humana, es fruto de la llamada de Dios y puede realizarse positivamente sólo como respuesta a esa llamada.

3. Dentro de esta gran realidad de la vida como vocación y, concretamente, de nuestra común vocación bautismal, manifiesta todo su extraordinario significado la vocación al ministerio ordenado, vocación sacerdotal que es, en efecto, don y misterio, misterio de la gratuita elección divina: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure» (J n 15, 16).

Sí, queridos hermanos en el sacerdocio: nuestra vocación es un misterio. Es, como escribí como ocasión de mi jubileo sacerdotal, «el misterio de un "admirable intercambio" -admirabile commerciurn- entre Dios y el hombre. Este entrega a Cristo su humanidad para que pueda servirse de ella como instrumento de salvación, llegando a hacer del hombre casi otro ser. Si no se capta el misterio de este "intercambio", no se logra entender cómo puede acaecer que un joven, al escuchar la palabra: "¡Sígueme!", llegue a renunciar a todo por Cristo, con la certeza de que por ese camino su personalidad humana se realizará en plenitud» (Dono e mistero, pág. 84).

Por ello, cuando hablamos y damos testimonio de nuestro sacerdocio, hemos de hacerlo con gran alegría y gratitud y al mismo tiempo con humildad igualmente grande, conscientes de que Dios «nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque [...] dispuso darnos su gracia» (2 Tm 1, 9).

4. De esta forma, resulta totalmente evidente por qué el primero y principal compromiso por las vocaciones no puede ser otro sino el de la oración: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mt 9, 37-38; cf. Lc 10, 2). La oración por las vocaciones no es ni puede ser fruto de la resignación, como si pensáramos que por las vocaciones ya hemos hecho todo lo que estaba en nuestro poder con resultados bastante escasos, y por consiguiente no nos queda más que rezar. Y es que la oración no es una especie de delegación en manos del Señor para que él haga lo que tenemos que hacer nosotros. Es, en cambio, confiar en él, ponerse en sus manos, lo que nos hace a nuestra vez confiados y dispuestos a realizar las obras de Dios.

Por ello la oración por las vocaciones es ciertamente tarea de toda la comunidad cristiana, pero debe verse intensamente practicada por quienes se encuentran en la edad y condiciones adecuadas para escoger su propio estado de vida, como es el caso específico de los jóvenes.

Por este mismo motivo, la oración debe verse acompañada por toda una pastoral con una impronta vocacional clara y explícita. Desde cuando empiezan a conocer a Dios y a formarse una conciencia moral, nuestros niños y muchachos deben ser ayudados a descubrir que la vida es vocación y que Dios llama a algunos a seguirlo más de cerca, en la comunión con él y en la entrega de sí. Por ello las familias cristianas cuentan con una misión y una responsabilidad tan grandes como irreemplazables en relación con las vocaciones, y deben verse ayudadas a corresponder a las mismas de manera consciente y generosa. De manera análoga, la catequesis y toda la pastoral de iniciación cristiana deben incluir en su seno una primera propuesta vocacional.

Naturalmente, dicha propuesta deberá hacerse más fuerte y penetrante -siempre respetando plenamente las conciencias y la libertad de las personas- conforme suceden a la niñez la adolescencia y la juventud: las pastorales juvenil, escolar y universitaria tienen pues en la atención y el desvelo por las vocaciones uno de sus criterios fundamentales. Empero, en última instancia, toda parroquia y comunidad cristiana, en todos sus componentes y articulaciones, debe sentirse corresponsable le con la propuesta y el acompañamiento vocacional.

5. Sin embargo, resulta evidente, amadísimos sacerdotes, que la pastoral vocacional nos implica en primer lugar a nosotros, y está encomendada antes que nada a nuestra oración, a nuestro ministerio, a nuestro testimonio personal. Y es que resulta difícil que una vocación al sacerdocio nazca sin relación con la figura de un sacerdote, sin contacto personal con él, sin su amistad, su atención paciente y afectuosa, su dirección espiritual.

Si los chicos y los jóvenes ven sacerdotes atareados en demasiadas cosas, presas fáciles del malhumor y la queja, negligentes en la oración y en las tareas propias de su ministerio, ¿cómo podrán sentirse fascinados por el camino del sacerdocio? Si, por el contrario, experimentan en nosotros la alegría de ser ministros de Cristo, la generosidad en el servicio ala Iglesia, la prontitud en hacernos cargo del crecimiento humano y espiritual de las personas que nos están encomendadas, se verán impulsados a preguntarse si acaso no puede ser ésta, para ellos también, la «parte mejor» (Lc 10, 42), la opción más hermosa para sus jóvenes vidas.

Amadísimos hermanos sacerdotes: encomendemos a María Santísima, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia y Madre, en especial, de nosotros los sacerdotes, este nuestro particular desvelo por las vocaciones. Le encomendamos igualmente nuestro itinerario cuaresmal y sobre todo nuestra santificación personal: y es que la Iglesia necesita de sacerdotes santos para abrir a Cristo incluso las puertas que parecen más cerradas.

Gracias una vez más por el presente encuentro. A todos os bendigo de corazón y, con vosotros, a vuestras comunidades.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA.)