Intervenciones del Papa en la vigilia de oración con los jóvenes
Les confía el desafío de
construir la civilización del amor
TORONTO, 28 julio 2002 (ZENIT.org).-
Publicamos a continuación el saludo y la homilía que pronunció Juan Pablo II en
la vigilia de oración que presidió junto a unos 600.000 jóvenes en la tarde de
este sábado, en el Downsview Park de Toronto.
Saludo de apertura del Santo Padre
Jóvenes del mundo, queridos amigos:
1. ¡En nombre del Señor, os saludo a todos con cariño! Me siento feliz de estar
nuevamente entre vosotros, después de los días que habéis pasado de catequesis,
de reflexión, de encuentro y de fiesta. Nos estamos acercando a la fase final de
vuestra Jornada Mundial, cuyo punto culminante será nuestra celebración
eucarística de mañana.
En vosotros, reunidos en Toronto de las cuatro esquinas de la tierra, la Iglesia
lee su futuro, y siente el llamado a la juventud con el que el Espíritu Santo
siempre la enriquece. El entusiasmo y alegría que mostráis son un signo seguro
de vuestro amor por el Señor, y de vuestro deseo de servirlo en la Iglesia y en
vuestros hermanos y hermanas.
2. Hace unos días, en Wadowice, mi ciudad natal, tuvo lugar el Tercer Foro
Internacional de Jóvenes. Congregó a jóvenes católicos, greco-católicos y
ortodoxos de Polonia y Europa Oriental. Hoy, miles de jóvenes de toda Polonia
están allí reunidos y unidos a nosotros por medio de un enlace televisivo para
celebrar esta vigilia de oración con nosotros. Permitidme saludarlos en polaco.
Saludo a los jóvenes que hablan polaco, venidos aquí en gran número de nuestra
patria y de otros países del mundo, así como a los miles de jóvenes que se han
reunido en Wadowice procedentes de toda Polonia y de los países de Europa del
Este para vivir junto a nosotros esta vigilia de oración. A todos deseo que
estos días traigan abundantes frutos de generoso empuje en la adhesión a Cristo
y su Evangelio.
3. Durante la vigilia de esta noche daremos la bienvenida a la Cruz de Cristo,
signo del amor de Dios por la humanidad. Alabaremos al Señor Resucitado, luz que
brilla en las tinieblas. Rezaremos con los Salmos, repitiendo las mismas
palabras que Jesús utilizó durante su vida en la tierra cuando hablaba con su
Padre. Los Salmos siguen siendo hoy la oración de la Iglesia. Luego,
escucharemos la Palabra de Dios, lámpara para nuestros pasos, luz para nuestro
camino (Cf. Salmos 119,105). Os invito a que seáis la voz de los jóvenes de todo
el mundo, para expresar vuestras alegrías, vuestras decepciones, vuestras
esperanzas. Poned vuestra atención en Jesús, el Dios Viviente, y repetid lo que
los apóstoles le pidieron: «Señor, enséñanos a orar». La oración será la sal que
da sabor a vuestras vidas, y que os conduce a Él, verdadera luz de la humanidad.
[Tras la Liturgia de la Palabra, el pontífice pronunció este discurso]
Discurso del Santo Padre
Queridos jóvenes:
1. En 1985, cuando quería lanzar las Jornadas Mundiales de la Juventud, llevaba
en el corazón las palabras del apóstol Juan que acabamos de escuchar: «Lo que
existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros
propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos, la Palabra de
vida... os lo anunciamos» (1 Juan 1, 1.3). E imaginaba las Jornadas Mundiales de
la Juventud como un momento intenso en el que los jóvenes del mundo pudieran
encontrar a Cristo, que es eternamente joven, y aprender de él ser
evangelizadores de los demás jóvenes.
Esta noche, junto a vosotros, alabo a Dios y le doy gracias por el don otorgado
a la Iglesia por medio de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Millones de
jóvenes han participado, y como resultado se han vuelto mejores testigos de
Cristo y más comprometidos. Os doy en especial las gracias a vosotros, que
habéis respondido a mi invitación de venir aquí a Toronto para «contar al mundo
vuestra alegría de haber encontrado a Cristo Jesús, vuestro deseo de conocerlo
cada vez mejor, vuestro compromiso de anunciar el Evangelio de salvación hasta
los extremos confines de la tierra» (Mensaje
para la XVII Jornada Mundial de la Juventud 2002, N. 5)
2. El nuevo milenio se abrió con dos acontecimientos contrastantes: por una
parte, la imagen de multitudes de peregrinos que fueron a Roma durante el gran
Jubileo para pasar a través de la Puerta Santa que es Cristo, nuestro Salvador y
Redentor; por otra, el terrible ataque terrorista en Nueva York, imagen de un
mundo en el que la hostilidad y el odio parecen prevalecer.
La pregunta que surge es dramática: ¿sobre qué cimientos debemos construir la
nueva era de la historia que está emergiendo de las grandes transformaciones del
siglo veinte? ¿Es suficiente depender solamente de la revolución tecnológica que
ahora está teniendo lugar, que parece responder únicamente a los criterios de
productividad y eficiencia, sin referencia alguna a la dimensión espiritual del
individuo o a los valores éticos compartidos universalmente? ¿Es correcto
contentarse con respuestas provisorias para las preguntas fundamentales, y
abandonar la vida a la merced de los impulsos de los instintos, de las
sensaciones efímeras o modas pasajeras?
La pregunta sigue en pie: ¿sobré qué cimientos, sobre qué certezas deberíamos
construir nuestras vidas y la vida de la comunidad a la que pertenecemos?
3. Queridos amigos: de manera espontánea en vuestros corazones, en el entusiasmo
de vuestros años jóvenes, conocéis la respuesta, y la estáis dando por medio de
vuestra presencia aquí esta noche: Cristo sólo es la piedra angular sobre la que
es posible construir de manera sólida nuestra existencia. Solamente Cristo
--conocido, contemplado y amado-- es el amigo fiel que nunca nos defrauda, que
se convierte en nuestro compañero de viaje y que con sus palabras hace que arda
nuestro corazón (Cf. Lucas 24,13-35).
El siglo XX trató a menudo de prescindir de esa piedra angular, y trató de
construir la civilización humana sin referencia a Dios. ¡En realidad terminó
construyendo la civilización contra el hombre! Los cristianos son conscientes de
que no es posible rechazar o ignorar a Dios sin correr el riesgo de degradar al
hombre.
4. La aspiración que alimenta la humanidad, entre incontables injusticias y
sufrimientos, es la esperanza de una nueva civilización caracterizada por la
libertad y la paz. Pero para afrontar este desafío, se necesita una nueva
generación de constructores. Movidos no por el temor ni la violencia sino por la
urgencia de un amor genuino, tienen que aprender a construir, ladrillo por
ladrillo, la civilización de Dios dentro de la civilización del hombre.
Queridos jóvenes, permitidme que os confíe mi esperanza: ¡tenéis que ser esos
«constructores»! Vosotros sois los hombres y las mujeres del mañana. El futuro
está en vuestros corazones y en vuestras manos. Dios os confía la tarea, difícil
y entusiasmante, de trabajar con Él en la construcción de la civilización del
amor.
5. De la Carta del apóstol san Juan --el más joven de los apóstoles, y quizás
por esa precisa razón el más amado por el Señor-- hemos escuchado estas
palabras: « Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna» (1 Juan 1,5). Pero, Juan
también observa, nadie ha visto a Dios. Es Jesús, el Hijo único del Padre, quien
nos lo ha revelado (Cf. Juan 1,18). Por tanto, si Jesús ha revelado a Dios, ha
revelado también la luz. Con Cristo, de hecho, «la luz verdadera que ilumina a
todo hombre» (Juan1, 9) ha venido al mundo.
Queridos jóvenes, dejad que os invada la luz de Cristo, y difundir esa luz
dondequiera que estéis. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: « La luz de la
mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la
luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres». (número 2715).
En la medida en que vuestra amistad con Cristo, vuestro conocimiento de su
misterio, vuestra entrega a Jesús, sean genuinos y profundos, seréis «hijos de
la luz», y a su vez «luz del mundo». Por esta razón, os repito las palabras del
Evangelio: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean
vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».
(Mateo 5, 16)
6. Esta tarde, el Papa, junto con todos vosotros, jóvenes de todos los
continentes, reafirma ante el mundo la fe que sostiene la vida de la Iglesia.
Cristo es la luz de las naciones. Murió y resucitó para devolver a los hombres,
que caminan por la historia, la esperanza de la eternidad. Su Evangelio no
aliena al hombre: todo valor auténtico, independientemente de la cultura en que
se manifieste, es aceptado y elevado por Cristo. Consciente de esta realidad,
los cristianos no pueden dejar de sentir en sus corazones el orgullo y la
responsabilidad de su llamado a ser testigos de la luz del Evangelio.
Precisamente por este motivo, os digo esta tarde: ¡que la luz de Cristo brille
en vuestras vidas! ¡No esperéis a tener más años para adentraros en el camino de
la santidad! La santidad siempre es juvenil, de la misma manera que la juventud
de Dios es eterna.
Comunicad a todas las personas la belleza del encuentro con Dios que da sentido
a vuestra vida. Que nadie os aventaje en la búsqueda de la justicia, en la
promoción de la paz, en vuestro compromiso de hermandad y solidaridad.
Qué hermosa es la canción que hemos estado escuchando durante estos días:
«¡Luz del mundo! ¡Sal de la tierra!».
¡Sed para el mundo el rostro del amor!
¡Ser para la tierra el reflejo de su luz!
Este es el regalo más hermoso y preciado que podéis dar a la Iglesia y al mundo.
Vosotros sabéis que el Papa está con vosotros, con su oración y bendición
afectuosa.
7. Quisiera volver a saludar a los jóvenes en polaco:
Queridos jóvenes amigos, os doy las gracias por vuestra presencia. En Toronto,
en Wadowice, y por doquier estáis espiritualmente unidos a los jóvenes del mundo
que viven su XVII Jornada Mundial. Os quiero asegurar que os abrazo siempre con
el corazón y la oración a cada uno de vosotros, pidiendo a Dios que podáis ser
sal y luz de la tierra ahora y cuando seáis adultos. ¡Que Dios os bendiga!
[Traducción del original en varios idiomas realizada por Zenit] ZS02072804