EL HOGAR CRISTIANO
Algunos pensamientos de Josemaría
Escrivá de Balaguer y la familia cristiana:
20. No se puede hablar del matrimonio sin pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con el matrimonio se inicia. Una familia se compone no sólo del marido y de la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente familiar (Es Cristo que pasa, n. 27).
21. No es por eso extraño que la Iglesia se alegre, que se recree, contemplando la morada modesta de Jesús, María y José. Es grato —se reza en el Himno de maitines de esta fiesta— recordar la pequeña casa de Nazareth y la existencia sencilla que allí se lleva, celebrar con cantos la ingenuidad humilde que rodea a Jesús, su vida escondida. Allí fue donde, siendo niño, aprendió el oficio de José; allí donde creció en edad y donde compartió el trabajo de artesano. Junto a El se sentaba su dulce Madre; junto a José vivía su esposa amadísima, feliz de poder ayudarle y de ofrecerle sus cuidados (Es Cristo que pasa, n. 22).
22. Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de Navidad resuena con toda fuerza: "Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad" (Lc II, 14.). "Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones, escribe el apóstol (Col III, 15.). La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo, protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida (Es Cristo que pasa, n. 22).
23. Me gusta volver con la imaginación a aquellos años en los que Jesús permaneció junto a su Madre, que abarcan casi toda la vida de Nuestro Señor en este mundo. Verle pequeño, cuando María lo cuida y lo besa y lo entretiene. Verle crecer, ante los ojos enamorados de su Madre y de José, su padre en la tierra. Con cuánta ternura y con cuánta delicadeza María y el Santo Patriarca se preocuparían de Jesús durante su infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de Él. Sus almas se irían haciendo al alma de aquel Hijo. Hombre y Dios. Por eso la Madre —y, después de Ella, José— conoce como nadie los sentimientos del Corazón de Cristo, y los dos son el camino mejor, afirmaría que el único, para llegar al Salvador (Amigos de Dios, n. 281).
24. No olvidemos
que casi la totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra
transcurrieron de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de
mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar
adelante las tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos
consideran erróneamente como intrascendentes y sin valor: el trabajo de cada
día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y
las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que
puede estar llena de tanto amor de Dios!
Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el
extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la
quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo hace que el
más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de
contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de
procurar ser Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido
que vivamos (Es Cristo que pasa, n. 148).
25. Pienso siempre con esperanza y con cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino sacramentum magnum —sacramento grande— de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial —el bautismo— ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino (Conversaciones..., n. 91).
26. Quizá no puede proponerse a los esposos cristianos mejor modelo que
el de las familias de los tiempos apostólicos: el centurión Cornelio, que fue
dócil a la voluntad de Dios y en cuya casa se consumó la apertura de la Iglesia
a los gentiles [Act X, 24-48.]; Áquila y Priscila, que difundieron el
cristianismo en Corinto y en Efeso y que colaboraron en el apostolado de San
Pablo [Act XVIII, 1-26.]; Tabita, que con su caridad asistió a los necesitados
de Joppe [Act IX, 36.]. Y tantos otros hogares de judíos y de gentiles, de
griegos y de romanos, en los que prendió la predicación de los primeros
discípulos del Señor.
Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas
comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje
evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero
animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los
trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos
de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos
ha traído (Es Cristo que pasa, n. 30).
27. Hay que
enseñar —primero con el ejemplo, y después con la palabra— en qué consiste la
verdadera piedad. La beatería no es más que una triste caricatura
pseudoespiritual, fruto generalmente de la falta de doctrina, y también de
cierta deformación en lo humano: resulta lógico que repugne, a quienes aman lo
auténtico y lo sincero.
He visto con alegría cómo prende en la juventud —en la de hoy como en la de hace
cuarenta años— la piedad cristiana, cuando la contemplan hecha vida sincera;
-cuando entienden que hacer oración es hablar con el Señor como se habla con
un padre, con un amigo: sin anonimato, con un trato personal, en una
conversación de tú a tú;
-cuando se procura que resuenen en sus almas aquellas palabras de
Jesucristo, que son una invitación al encuentro confiado: vos autem dixi
amicos, os he llamado amigos;
-cuando se hace una llamada fuerte a su fe, para que vean que el Señor es el
mismo ayer y hoy y siempre (Conversaciones..., n. 102).
28. Es muy
necesario que vean cómo esa piedad ingenua y cordial exige también el ejercicio
de las virtudes humanas, y que no puede reducirse a unos cuantos actos de
devoción semanales o diarios: que ha de penetrar la vida entera, que ha de dar
sentido al trabajo, al descanso, a la amistad, a la diversión, a todo. No
podemos ser hijos de Dios sólo a ratos, aunque haya algunos momentos
especialmente dedicados a considerarlo, a penetrarnos de ese sentido de nuestra
filiación divina, que es la médula de la piedad.
He dicho antes que todo esto la juventud lo entiende bien. Y añado ahora que el
que procura vivirlo se siente siempre joven (Conversaciones..., n. 102).
29. En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da esa natural y sobrenatural iniciación a la vida de piedad, hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir —más que enseñar— esa piedad a los hijos (Conversaciones..., n. 103).
30. Hay
prácticas de piedad —pocas, breves y habituales— que se han vivido siempre en
las familias cristianas, y entiendo que son maravillosas: la bendición de la
mesa, el rezo del rosario todos juntos —a pesar de que no faltan, en estos
tiempos, quienes atacan esa solidísima devoción mariana—, las oraciones
personales al levantarse y al acostarse. Se tratará de costumbres diversas,
según los lugares; pero pienso que siempre se debe fomentar algún acto de
piedad, que los miembros de la familia hagan juntos, de forma sencilla y
natural, sin beaterías.
De esa manera, lograremos que Dios no sea considerado un extraño, a quien se va
a ver una vez a la semana, el domingo, a la iglesia; que Dios sea visto y
tratado como es en realidad: también en medio del hogar, porque, como ha dicho
el Señor, donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos (Conversaciones..., n. 103).
(Enviado por Manuel Gallardo)