La laicidad según Juan Pablo II
En su discurso del 1 1-X-1988 al Parlamento Europeo, Juan Pablo II precisó el sentido de la laicidad, distinguiéndolo de los abusos por uno y otro extremo. Ofrecemos un extracto de aquella intervención.
Distinción de ámbitos. Es en el humus del cristianismo donde la Europa moderna ha asumido el principio -a menudo perdido de vista en el curso de los siglos de cristiandad- que gobierna de modo más fundamental su vida pública: el principio, proclamado en primer lugar por Cristo, de la distinción entre "lo que es del César" y "lo que es de Dios" (cfr. Mt 22,21). Esta distinción esencial entre la esfera de la administración exterior de la ciudad terrena y la de la autonomía de las personas, se ilumina a partir de la distinta naturaleza de la comunidad política a la que pertenecen necesariamente todos los ciudadanos, y de la comunidad religiosa a la que se adhieren libremente los creyentes.
Después de Cristo no es ya posible idolatrar una sociedad como grandeza colectiva devoradora de la persona humana y de su destino incoercible. La sociedad, el Estado, el poder político pertenecen al marco contingente y siempre perfectible de este mundo. Ningún proyecto de sociedad podrá jamás establecer el Reino de Dios, esto es, la perfección escatológica, sobre la tierra. Los mesianismos políticos desembocan con frecuencia en las peores tiranías. Las estructuras que se dan las sociedades no tienen jamás un valor definitivo; ni pueden siquiera procurar por sí solas todos los bienes a los que el hombre aspira. En concreto, no pueden suplantar la conciencia del hombre, ni su búsqueda de la verdad y del absoluto.
Límites del poder civil. Decir que corresponde a la comunidad religiosa y no al Estado gestionar "lo que es de Dios", significa poner un límite saludable al poder de los hombres. Y este límite se refiere a la esfera de la conciencia, a los fines últimos, al sentido último de la existencia, a la apertura al absoluto, a la búsqueda de una perfección nunca conseguida, que estimula al esfuerzo e inspira las decisiones justas. Todas las corrientes de pensamiento de nuestro viejo continente deberían reflexionar sobre las oscuras perspectivas a las que conduce excluir a Dios de la vida pública, a Dios como última instancia de la ética y garantía suprema contra todos los abusos de poder del hombre sobre el hombre.
Integrismo y totalitarismo. Nuestra historia europea muestra abundantemente que a menudo se ha franqueado en los dos sentidos la frontera entre "lo que es de César" y "lo que es de Dios". La cristiandad latina medieval -por no poner otro ejemplo-, que por otro lado ha elaborado teóricamente, asumiendo la gran tradición aristotélica, la concepción natural del Estado, no ha evitado siempre la tentación integrista de excluir de la comunidad temporal a quienes no profesaban la verdadera fe.
El integrismo religioso, que no distingue entre la esfera de la fe y la de la vida civil, persistente todavía hoy en otras tierras, resulta incompatible con el espíritu propio de Europa tal como ha sido plasmado por el mensaje cristiano.
Pero, en nuestro tiempo, las más graves amenazas han procedido de otro ámbito, cuando las ideologías han absolutizado la misma sociedad o un grupo dominante, en detrimento de la persona humana y de su libertad. Allí donde el hombre no se funda en una grandeza que lo trasciende, corre el peligro de abandonarse al poder sin frenos del arbitrio y de los pseudo-absolutismos que lo aniquilan. La fe no puede ser relegada a la esfera privada. Tras dos milenios, Europa ofrece un ejemplo muy significativo de la fecundidad espiritual del cristianismo, que por su propia naturaleza no puede ser relegado a la esfera privada. El cristianismo, en efecto, tiene vocación de profesión pública y de presencia activa en todos los ámbitos de la vida. Es también deber mío subrayar con fuerza que, si se impidiera al sustrato religioso y cristiano de este continente ejercer su papel de inspirar la ética y su dimensión social, no sólo se negaría toda la herencia del pasado, sino que incluso se pondría en tela de juicio el porvenir del hombre europeo, creyente o no.